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martes 14 de julio de 2009

Fragmento

Le voy a responder sus preguntas así:

El Viejo Calvo dejaba crecer su barba para compensar. Se había casado y desgraciado con Laganza Agasis para aparentar que todavía se le paraba. Dirigía una escuela donde iban a parar estudiantes en su último resort después de múltiples expulsiones. Allí podían fumar y hacer lo que fuera y obtener el diploma de secundaria sin mayores reparos. Él y su esposa eran los dueños de la estrechísima librería Arsmeter.

Antes de que llegaran las cadenas de librerías, las más lindas y de mejores robos para pobres lectores fueron las fundadas por inmigrantes judíos: HoldzBu, Nerler y Librería Netral. Las de menos lustre eran pocas, por ejemplo, la del Viejo Calvo y algunas infantiles.

Porque Ciudad Puntera era así: una sopa de letras, una enferma de letras; la capital del desastre y de aquel país con nombre alado. Fue el espacio donde se perdió un departamento, un Estado, mucho territorio en el Norte porque los mandatarios de turno escribían versos y estudiaban la lengua castellana mientras el mundo buscaba cómo unir dos océanos para mandar mercancías de un lado a otro.

Mucho antes de perder ésas tierras y también después, era mejor estar lejos, antes del desastre de la primera ciudad en irse al diablo, en puntear la nada.
 

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