Por Juan Pablo Plata.
Pimera parte de http://lamovidaliteraria.blogspot.com/2011/11/todo-lo-conviertes-en-canciones.html
Esperabas que todo fuera bien contigo (entre tú y él).
Estás muy bonita, como casi siempre, con un poco de rojo en tu ropa y con el cabello suelto, pero con un tocado de flores en el lado derecho de tu cabeza, justo arriba de la oreja. Antes escribías correos cada mañana al puertorriqueño para consultarle cómo andaban tus cosas con él, con el rollito aquél que tenían cuando no te habías despegado del todo, hace ya como un mes largo, cuando podías haber hecho algo por la causa de esa relación. No sabes si podrás dejarlo. Es algo que de alguna manera te quieres preguntar y responder de manera positiva, en algún momento, pero todavía no has no podido. No te gustaría encontrártelo, sentirte la cara sonrojada o darle la posible cara maldadosa con que le dirías que ya tienes a alguien nuevo rondando tu corazón, así sea una mentira a medias. Hoy vas a salir a la calle, tienes una cita y una esperanza chica a la que te agarras con fervor.
No subestimas tu inteligencia, antes la temes, y por eso querrías preguntarte esto anterior y respondértelo de manera positiva. Decirte a viva voz, dentro de tu cabeza, que ya no lo quieres, que no lo necesitas. Sabes que difícilmente puedes olvidar sin beber y con rapidez en el tiempo. Estás bastante desbastada por no haber obtenido un concurso literario en el que alcanzaste a estar de finalista. Uno de verdad. Ahora solo te queda uno de cuento, uno que vas ganar. Ya tienes arreglado el asunto con uno de los jurados, para darle el 15% del total premio. Te cuentas esto, inicias un susurro sin palabras coherentes, como para arrullarte, para justificarte la debilidad emocional y tu deshonestidad - literaria, frente a las secuelas del desamor; frente a los de tu gremio. Te tocas la cabeza, te consientes a ti misma. Te condueles contigo. Eres tu propio lastre. Pobrecita. Nadia la dolorida, la muchacha entusada.
No sabes qué demonios es lo que quieres decirte. A lo mejor sí lo sabes pero no te salen los pensamientos claros como deseas. Pasa que esto que te preguntas suena muy comprometedor, igual que puede ser contestártelo, pero quieres explicarte, antes de acabar por ahora, que no te lo preguntas con la intención de establecer una distancia frente al pasado, ni con la intención de olvidar de verdad. Te gustaría, no tan en el fondo, que todo volviera a ser como antes entre él y tú. Cómo te gustaría. No sabes qué demonios es lo que quieres decirte pero así te sale. Te repites en la cabeza un poema de Velarde sobre el desamor, parece que también lo susurras, quieres dar brisa a tu cara, templar tus nervios, para poder mirar un nuevo día, otro de la penitencia del olvido, de la soledad. Sales de casa, miras a los transeúntes y deseas que les rompan el corazón tan duro como a ti y que no puedan olvidar jamás. Hace más de un mes que no sales de tu barrio y sientes que tu malestar amoroso se ha eclipsado porque vas a verte con otro hombre, llevas una falda roja, con un tocado nuevo y el entusiasmo necesario que ya llama a las cosas buenas de la vida. Eso te dices. Debes ir a cobrar un cheque por tus derechos de autor, pagar unos recibos y llegar a las diez al museo para ver las fotografías de David Nebrada y encontrarte ahí con Roque, tu levante de hace dos meses en una fiesta de lanzamiento de la editorial que publica tus libros. Todavía no sabes si podrás dejarlo: al otro.



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