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Un recuerdo del 91 / 11

El 11 de septiembre de 2001, después de recoger a los hijos de mi amigo Germán Amórtegui, íbamos por la autopista I – 395, Henry G. Shirley Memorial, cuando al costado derecho, arriba en las montañas, vimos todos una explosión que no amenazaba los inmensos pinos ni nuestra integridad, a menos que la distracción continuara y chocáramos el automóvil. Sin saberlo, íbamos a presenciar un momento clave de la historia mundial reciente, sin protagonizarlo, pero con la suficiencia de aquellos a quienes no les podrán contar nada nuevo de lo que vivieron.

En el edificio Lennox, donde vivíamos, la conmoción por el incendio de un ala de las instalaciones estatales y militares del Pentágono justo enfrente de nosotros, perturbaba la vida más allá de lo sufrible. Algunas personas del común y periodistas registraban con cámaras el hecho desde el anden de nuestra vivienda, otros encontraban en la calle, dentro de sus casas, pequeños restos de la explosión; algunos corrían a refugiarse no sé dónde, otros huían lejos de sus casas por temor a nuevos hechos violentos cerca de donde ya había ocurrido uno. Todos veíamos hechos realidad nuestros peores temores paranoicos y la posibilidad de perecer en medio de una conflagración mundial azuzada por personas e ideas distantes en kilómetros y en visión de mundo a la nuestra.

La dirección del edificio es 401 con Calle 12, Arlington, Virginia. Estados Unidos. Código Postal 22202. No la sé de memoria, la tengo escrita en una vieja licencia de conducción. Ahora, fue bien raro eso de ver repetido por televisión lo mismo que veíamos por la ventana: nuestro edificio intacto y el Pentágono en frente ardiendo y la gente tirándose el pelo. Era irreal. En la noche, nosotros también partimos hacia otra ciudad, siguiendo las noticas en la radio, con la ilusión de estar en un lugar más seguro. Todos los espacios en los estados colindantes con Washington D.C. estaban militarizados y todos éramos maniáticos autorizados. Era imposible llamar por teléfono o escribir un correo electrónico, todas la comunicaciones estaban saturadas. El estado de las cosas era abrumador.
Mientras viva, voy a recordar esa llama en el cielo vista desde la autopista y la guerra injustificada en Irak porque nunca encontraron armas de destrucción masiva.  Sobre la guerra en Afganistán vaya y venga, pues ahí anida y anidaba a sus anchas Al Qaeda y ahí se necesitaba construir un nuevo oleoducto útil para Halliburton y otras empresas, sino pregúntenle a Dick Cheney  ex presidente de los Estados Unidos (2001 – 2009) y de la compañía dicha de hidrocarburos.

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