viernes, 30 de octubre de 2015

Colciencias


Colciencias a lo C. P. Snow divide a la academia colombiana, reina y hace lo que se le da la gana. Parece uno estar leyendo Ferdydurke de Witold Gombrowicz en vez de las noticias. Sin tanta palabrería, no se puede prescindir de lo cualitativo por lo cuantitativo, la deducción por la inducción o el análisis por la síntesis (Varios viceversa a las duplas). Las humanidades no pueden ser vistas como algo inútil y blando frente a las supuestas duras y provechosas ciencias exactas. Colciencias no da margen para una tercera cultura. No hay diálogo porque se impone. 
William Bruce Cameron (1963) afirmaba en Sociología informal: “Los datos que necesitan los sociólogos podrían ser enumerados y podríamos procesarlos en las máquinas de IBM y dibujar gráficos como hacen los economistas; sin embargo, no todo lo que puede ser contado cuenta y no todo lo que cuenta puede ser contado.”

Puntera (Fragmento de novela)

Por Juan Pablo Plata

Una muchacha rarísima llamada Filpa o más bien apodada así creía Montalvo Araz, lo había  visitado en su oficina el viernes a la última hora de la tarde. Era una microbióloga desesperada que había ido a su oficina para consultarle si podía ponerse al frente de un asunto penal por tráfico de drogas a favor de un amigo suyo llamado o ¿con el sobrenombre Chili? La muchacha también le había preguntado por métodos y conocidos útiles para sacar de manera clandestina dos grandes sumas de dinero de propiedad de ella y del Chili hacia un paraíso fiscal o hacia donde fuera. A lo primero, Araz había aceptado sin reparos y se había puesto a trabajar enseguida escribiendo en su computador un requerimiento al despacho judicial donde reposaba el caso. Para lo otro había pedido un tiempo para averiguar con abogados y corredores de divisas torcidos que se le midieran al encargo, esto, a pesar de tener muchas conexiones a mano, pero quería hacerse valer ante una morena tan atractiva con la carne templada a punto de cimbrar fuera del enterizo de cebra que la contenía.
Nada más el mes anterior había relacionado a unos narcos con unos testaferros judíos en Islas Caimán y en Zúrich para que lavaran unas ganancias en diamantes y en varias denominaciones de monedas extranjeras. Con ello no había obtenido mucho, pero le habían quedado los contactos.

Filpa se le antojó una mujer bellísima, con un cuerpazo y unos ojos verdes que envidiarían las esmeraldas si cobraran vida y se hicieran mujeres. Pero por encima se veía que estaba al borde de la locura, sin prudencia en sus actos o con su lengua; era una habladora imparable, desquiciada por problemas que no eran del todo suyos. Había que ver no más la manera desinhibida con que le había contado todas sus necesidades sin preguntársele siquiera. Había llegado a su oficina porque recordaba que Natalia Palomo lo había mentado en un fiesta como un excelente abogado e inescrupuloso, si cabe la redundancia que les suscitó una risotada al unísono. Ella le contó su vida abreviada en unos pocos minutos, en cambio, charló en extenso sobre la fascinación que sentía por Lujac Callens. Le dijo que de su biblioteca y de su vida se podían robar todo, menos los libros del escritor español,  incluso le confesó que había soñado muchas veces con la experiencia de conocerlo y tal vez seducirlo para meterlo en sus cobijas. Quería llegar a leer antes que todos los demás lectores en el mundo la próxima novela que el autor estaría preparando. Si estaba en aprietos no importaba, pues valía la pena con tal de llegar a estar algún día frente a su escritor favorito.
A Montalvo Filpa le produjo, si probarla todavía, el mismo embeleso que sentía al consumir cigarrillos y chocolates de contrabando, regalados por sus clientes o comprados en el mercado negro de San Andrews. Bien visto, pensaba el abogado, sus peticiones legales e ilegales y su obsesión literaria eran estupendas para un muchacha que no pasaba de los veintidós años. Pero estaba loca. ¿Cuántas a esa edad tenía tal arrojo, esos problemas y tal recorrido en la vida? Para colmo era divina. Aunque caviló con más sangre fría: debía andarse con cuidado con una mujer así. Montalvo también sabía de Callens. Lo estimaba un escritor policíaco magnético, con embrujo, muy divertido, pero de cualquier manera la obsesión de Filpa era un aviso de precaución. Seguro Callens podía acabar muy mal si se encontraba con la gigantesca chiflada. Él no era Callens y Filpa lo necesitaba por un tiempo mientras lograba irse a España. Se prometió Montalvo hacer las cosas con mucho tacto para divertirse sin lastimarse en ningún sentido ni arriesgar la relación con Alicia.

El  sábado, con todas las horas libres sin Alicia, que no iba regresar de su viaje en las misiones humanitarias hasta el lunes, comenzó a ver con calma los libros de los que se había hecho en la librería de Alejandro Towers y el Cernícalo en el Callejón del Temel. En los ratos de descanso de la última semana en el bufete de abogados había leído a saltos varios libros  sobre la publicación clandestina y la traducción del francés al español de los Derechos del Hombre por Federico Narain. Al final había llegado una conclusión sobre el supuesto altruismo del prócer: no fueron del todo actos desinteresados, subversivos o generosos en pro de la humanidad, pues en su diario se habían encontrado cálculos de venta y planes de distribución de las copias de los Derechos. Por lo demás, este padre de la patria se había valido de la Imprenta Real para su arriesgada tarea. Todo eso y unas pocas gestas militares le habían valido ser investido con la presidencia en reemplazo de José Antonio Livárbo. Este último había dicho de sí mismo que él completaba el grupo de los más redomados majaderos entre los hombres junto al Quijote y Jesucristo. Montalvo parafraseó entonces en su mente unas palabras de su padre, su guía para todo la vida, quien siempre le decía que así se daban las cosas con muchos personajes y hechos en la historia mundial: por medio de malentendidos que hacían pasar como mejores las cosas y las personas frente a lo que en realidad habían sido. Con todo, era meritorio que Narain hubiera pasado tanto tiempo en la cárcel por su osadía editorial y su lucha independentista sin arrepentirse ni pedir indulto. Anotó en su libreta que Narain había alcanzado la gloria, con menos méritos de lo que se creía, como el precursor de la libertad y un difusor, aunque frustrado, de  las mejores o culminantes ideas de Francia de los tiempos de la Ilustración. Del resto de las acciones del personaje histórico leídas en las treguas en la oficina, tenía como grandes empresas La Gaceta y La Bagatela financiadas de su propio bolsillo. Ambos periódicos eran prueba de que detrás de cada generación de escritores y políticos hispanos vistosos siempre se encontraba una revista, un diario o por lo menos un pasquín. Por eso era que a él, Montalvo Araz, le interesaba tanto entrar a La Dinámica, pues ya quería figurar y comenzar a hacerse un nombre en el mundo de las letras por medio del trampolín de la nueva revista de Silverado o de la veterana revista Lío de Andrés Relleno, ambas con tantos lectores que las tenían en el foco del círculo cultural donde el quería bañarse de luz. A propósito de magazines, antes de sentarse a leer recodó que todavía esperaba un respuesta de Silverado sobre su ingreso a La Dinámica. Hizo otra anotación en su libreta para no olvidar llamarlo el lunes y preguntarle sobre la presumida decisión del consejo editorial. Pensaba que su sustancioso ofrecimiento en metálico le traería una respuesta aprobatoria. Además, Jacobo era un viejo amigo desde las viejas batallas de la época de la universidad cuando iban de festejo en festejo, jugaban fútbol y se reñían por cuestiones políticas o por La Gitana. Silverado solo estaba demorando algo que por derecho le pertenecía en este mundo, por su inteligencia, posición social y amistades.
Se sentó en una mecedora de caña brava recostada contra una pared, abrió y hojeó dos de los libros sobre libreros y escritores de Puntera entre los siglos XVIII y XIX, pero decidió leer antes sobre otro tema que lo apasionaba: el tiempo del ruido. Tampoco era que se fuera a quedar en eso todo el rato, pero los dos libros nuevos que le habían conseguido sobre el tema en San Librario lo tentaron más en ese momento. Desde que había conocido la anécdota siempre se había preguntado: ¿cómo sonaría el estruendo?, ¿si no habría sido un hecho orquestado por los curas para asustar  y mover a un comportamiento piadoso  y obtener más limosna?, ¿había sido un temblor, un fantasma demoníaco, una señal de lo peor por venir  u obra de un extraterrestre?

Leyó un rato sin interrupción hasta que decidió ir por su computador portátil para cotejar información. Pudo ver que en efecto en Historia de los mitos de Puntera se explicaba el ruido como causado por un temblor. En internet encontró que la fecha y los datos en el libro eran erróneos; el ruido no había tenido réplicas recientes,  el libro se equivocaba al decir que el 27 de agosto de 1883 un estruendo había causado lo del tiempo del ruido. Lo que sí había pasado en 1883 era un tsunami en la extinta isla de Krakatoa que había tenido su caja de resonancia, la liberación de la energía en Puntera, con siete enviones que habían causado un solo gran zafarrancho como de explosión de artillería, pero sin la duración de quince minutos del ruido oído en Puntera el 19 de marzo de 1687.
No se sintió estafado por un libro con datos trastocados.  Supo que no debía deshacerse del volumen por el error, pues este lo convertía en un objeto de colección.  Pensándolo bien,  se dijo Montalvo, la relación entre Krakatoa y el tiempo del ruido no había sido aún una apuesta de nadie y tal vez él podía formular una explicación uniendo los dos eventos. ¿Quién podía negar que un temblor anterior en Krakatoa había ocasionado lo del tiempo del ruido en 1687?  Al fin y al cabo, eran hechos físicos, nada inexplicables si se les despojaba de la superstición barata. De hecho, esa misma semana había oído en una conversación a espaldas de su silla en un restaurante, en boca de un muchacho soberbio: ´´El único misterio en la vida es porqué los pilotos kamikazes llevaban casco´´. Busco también en Internet la frase y vio que era de un filósofo holandés. Para cuando volvió a leer en el segundo libro Puntera en la Historia sobre el tiempo del ruido,  pensó un buen rato que Puntera era un lugar lleno presagios malditos contenidos en su pasado. Era un ciudad acechada por amenazas confusas a las que unos pocos como él prestaban atención. Sin embargo, su pragmatismo lo llevó a rumiar otra vez en causas naturales. No se iba a volver un fanático alarmista, pero no se podía pasar por alto que los fenómenos naturales se habían empecinado en dañar la ciudad de sus amores. Todo se iba a acabar algún día, eso estaba claro, pero Puntera corría adelantada por un viento negro hacia el final general. Según sus lecturas y las charlas con su padre, José Concordia García, el nobel, era el único escritor que había puesto bien el dedo en ese mito en la literatura local;  sin embargo, todos soltaban en la calle sobre los tiempos del ruido para hablar de algo viejísimo, hechos inmemoriales, sin saber siquiera el origen de la expresión. Mientras divagaba así entre lecturas, una granizada coló pedacitos de hielo en el tapete de su sala. Cuando por fin se enteró del temporal por el ruido incesante del pedrisquero y el zumbar del viento, fue andando rápido a cerrar la ventana lateral del salón.  Al llegar a la vidriera se encontró con la vista pulcra de su calle cubierta de un blanco espectral como en un estudio de grabación de cine en que se simulaba un paisaje crudo de invierno. Desde que había comenzado a vivir con Alicia nunca había visto algo parecido y tuvo el sentimiento egoísta de disfrutar  algo hermoso sin su presencia, barullo y comentarios pomposos.

Cuando se aburrió de leer sobre los años del ruido pasó a los libros sobre escritores y libreros de Puntera. Luego fue a leer en el estudio donde tenía una lámpara de pie para leer en las noches. Había llegado el momento de estudiar y decidir como cuál de esos escritores iba a ser él. Al cabo de dos horas de lectura, cayo en la cuenta de los muchos escritores que habían sido a la vez políticos y hombres de leyes como él. Le consoló pensar que allí y en el resto del mundo se hubieran dado tantos y tan buenos escritores que eran abogados como Franz Kafka, Robert Louis Stevenson y Johann Wolfgang von Goethe, y los locales, H. R. Rubio, Fernando González, Arturo Morada Sur, José E. Marzuela y José Concordia García, el único nobel de su país.  El mismo engrosaría esa lista, pero primero iba a aprender el método para hacerse escritor. Así había hecho con todas las cosas en su vida y siempre le había ido bien. Repasando cómo habían hecho los demás iba a aprender a hacerlo él.

Sin saber cómo ni cuándo, se despertó en una nueva mañana alumbrado por la luz oriental enceguecedora que llenaba el estudio. Se había quedado dormido leyendo. Se prometió que en la tarde retomaría las lecturas. Sin más trámites, ni estiramiento de las extremidades ateridas, fue del estudio a la sala de estar por su teléfono fijo protegido contra interceptaciones y su libreta de teléfonos. Llamó a Indalecio de La Torre para adelantar la cuestión de la transferencia de la plata de Filpa y del clan del Chili. Explicó que la inmensa suma de dinero, como le había pedido Filpa, iba a ser dosificada en varios depósitos, pues una parte también se iba a lavar pronto en la compra de remates de libros de editoriales de conglomerados internacionales para después venderlos a libreros de todas las calañas por irrisorias sumas. Concertó con su colega una cita para el martes en la tarde, a la que asistiría Filpa y un apoderado del narco para llenar formularios, escoger claves y negociar las comisiones. Antes de colgar, como siempre, Indalecio le contó un chiste verde.

El chiste de Indalecio tenía como protagonista a un banquero soltero, muy sano,  quien de la noche a la mañana se aficionada a los juegos de azar por culpa de sus nuevos compañeros de trabajo. Después por su propia cuenta se enganchaba también con la cocaína. Al cabo de un año en esas actividades compulsivas sucumbía al libertinaje total con el alcohol y la prostitución. Así pasaban dos años más y el mismo hombre decaía a la par que era despedido de toda suerte de oficios por vago -Administrador de bares y negocios de comidas rápidas, contador, cajero, empacador, cargador- hasta que terminaba de ladrón y cuidador de autos en la calle.  Pese a las reducciones de sus medios económicos en todo ese tiempo el tipo no se deshacía de ninguna de sus compulsiones contraídas, con excepción de los juegos de azar en los que ya no lo dejaban tomar parte ni siquiera como espectador. Con la cocaína se daba sus largas pero siempre juntaba para seguir enganchado. Con la prostitución hacía igual, juntando hasta completar para un polvo. Sin embargo, en cierta semana ya no llegaba a la cuota mínima para nada y después de vender una plancha de ropa robada descompuesta por 10 mil moverus llegaba a una conclusión salomónica e iba con el envase mocho del litro y medio de un refresco como recipiente a donde Raquel. La mujer que a pesar de sus descensos lo recordaba de mejores tiempos y no se negaba a prestarle sus servicios. A ella le pedía la venta de sus aguas menores y que las depositara en el frasco hechizo de plástico. Durante unos minuto Raquel se negaba a su petición, invitándolo a que viera lo que los vicios habían hecho con él,  a que reconsiderara y endereza su camino antes de que fuera demasiado tarde. Después de la cantaleta Raquel tomaba el dinero y le traía los orines. Después el ex banquero se iba a un baño público donde ponía su pene dentro de la micción y gritaba desconsolado, a viva voz, con las manos en alto, pero mirando hacia abajo: ¡Tome consomé que la carne está muy cara!



Después de colgar con Indalecio y reír como loco, Montalvo desayunó poco y se dispuso terminar la escritura de un cuento. Cuando puso el punto final calculó que la historia andaba afinada. La iba a mandar a la revista Lío, pero primero la iba a hacer revisar del componedor local de novelas y cuentos James Echeverri. Andrés Relleno seguro se la sacaba por lo bueno que estaba el relato y por las viejas simpatías y salvadas que le debía a su padre Rafael Araz, el constitucionalista y profesor emérito de la Universidad de las Montañas.  Ahora que lo rumiaba, su ascendencia marroquí, por el lado de su madre y eslava por el de su padre, bañada de la odalisca de los judíos durante la segunda guerra lo ponía como el hijo de dos grandes sobrevivientes y forrado$ extranjeros. 

En Puntera más valía ser un extranjero o un local con apellido o apariencia foránea para hacerse la vida grata. Las puertas de la vida se abrían por doquier a los extranjeros o hijos de estos por un raro complejo de inferioridad local que consideraba y apreciaba lo foráneo como mejor.

jueves, 29 de octubre de 2015

De música pesada

Por Juan Pablo Plata

-Para que lo busque a uno la INTERPOL hay que ser un cabrón, un hijueputa, una caspa –dijo el vocalista.

-Ni tanto. Ahora todos intercambiamos música y libros por internet, entonces era pen pal, amigo por cartas y envíos por correo. Él pirateó mucha música, prensó mucho, mucho e hizo la revista esa y rumoran fundó sucursal de la iglesia satánica.

-Si era marica y se suicidó, no me importa. Me quedo con la música de las bandas en que tocó batería- dijo Chava con suficiencia.

-Eso, te voy a poner una canción de entonces...de Masacre, puro Death-susurró el cantante y alzó una mano con el puño cerrado.

Coco y Chava oían en los noventa Los piratas del aire 88.3 FM, única emisora roquera e ilegal en la aburrición de ese pueblo. La transmisión fue interrumpida varias veces por la policía, después ya se aburrieron y no volvieron a molestar. Ambos preferían, sobre cualquier género literario, las novelas con epígrafes de rock y creían en las coincidencias, en las señales de otro mundo cuando el tema del epígrafe coincidía con la frase de la canción en el radio. Del roquero no volvimos a hablar cuando Chava entró en verdadero terror. La desolación procurada por Chava cuando repetían la anécdota en las conversaciones era la misma en que había muerto el músico en una casa de bahareque en Antioquia. Supieron de su muerte por la hedentina de su cuerpo. Su muerte tuvo la soledad de la singladura de un corredor de maratón, aunque más rara, por lo del listado de INTERPOL con su nombre y las fotos en una circular. Antes de dejar el tema atrás para siempre un viernes de mayo le dijo Coco a Chava, su novia: “El rumor de la fuga, así sea rumor, está bien construido. Se cortó el pelo, se quitó los aretes y se borró los tatuajes, antes de partir a dar clases de inglés y / o música a la Guajira o donde menos lo buscarían: en la propia Antioquia. Se encubrió”. En ese momento, ella le mostró un artículo de una edición pasada de revista Semana en que una ex-agregada cultural colombiana en México se citaba como cómplice de un espía norteamericano doble, de los rusos y los gringos: un traidor a la patria. ¿Un tráfuga y otro tráfuga cuántos dan? Ninguno si ambos se van.

Chava quedó embarazada en 2006. Las pesadillas más recurrentes durante los primeros meses de preñez tenían a un roquero paisa muerto en una casa de bahareque que perseguía la INTERPOL. Ella pensaba que quitar de la memoria hechos atractivos y placenteros era una misión de años. La nostalgia es el sudor viejo de la locura amorosa y placentera como sangrienta y odiosa. Pero ella no lo sabía.

-¿Mauricio “Bull Metal” Montoya tocaba una batería Ludwig?-preguntó Chava al padre de su hijo. 

-Yo creo que sí, él era de familia de plata-respondió Coco.