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Paradero (Cuento)

Por Juan Pablo Plata

(Aparecido en Revista Cuadrivio de México)

Señor, ¿cuánto lleva el embotellamiento del tráfico? Sí, yo también creo que debe haber allá adelante un accidente o un carro averiado. ¿Lleva mucho esperando el bus? Sí, si así sigue, mejor vamos caminando a otra parada o a la estación central.  Allá pasa el 34. Una vez, cuando yo tenía seis años, en un  viaje en carro con mis abuelos Marcelos –así les dicen en el barrio porque se llaman Marcela y Marcelo– nos accidentamos y se hizo un embotellamiento igualito por nuestra culpa. Mi abuelo tiene desde entonces una R en su frente como de leche condensada derramada por el golpe y los puntos de ese día. Nada más. Mi abuela, pobrecita, no pudo volver a coser ni a cocinar, pues le amputaron el brazo derecho y el izquierdo lo tiene tieso, casi como esta silla, pero no tan frío. A mí no me pasó nada. Uy, qué carrazo. Una ambulancia roja con amarillo. Seguro que sí es un accidente. A mis abuelos y a mí nos llevaron en una ambulancia estrecha, pero blanca, y al carro lo dejaron a un lado de la carreta, junto al muro destrozado, después de tomar unas medidas a toda carrera. No, señor, muchas gracias, ya almorcé. Que le aproveche. Yo nací aquí, en Puntera. Nunca he ido a otras ciudades. Bueno, sí, a la hacienda de mis abuelos en Daseda, pero no es tan lejos y es un pueblito. Yendo para allá fue que nos estrellamos. La última vez que fui, el año pasado, una niña me dio de Reyes la mitad de una medalla de luna para que me acordara de ella y me dijo unas cosas todas raras sobre los hombres y la mujeres que nadie me había dicho. Un beso me dio también. En la boca. Nunca había dado uno. No sé si me gustó. Ella se quedó la otra mitad de la luna. «Incógnito» se llama la hacienda. Ellos, mis abuelos, se criaron ahí. La niña Tania, la del regalo de la mitad de la luna, es la nieta del capataz. Es mayor que yo y ya va a la secundaria. A mí me faltan dos años para eso. Ah, que si siempre voy por ahí solo. Sí. De día siempre. Mi abuelos dicen que de noche las personas son lo que son en realidad. ¿Usted va para los Samanes? No he ido. ¿Esa plaza en Samanes es la de la ciudad de hierro y adonde llegan los circos y hay conciertos? No he ido tampoco. La he visto en revistas. Me prometieron en mi casa llevarme si me va bien con las calificaciones de final de año. Vea. Ya comienza a moverse el tráfico.  ¿Cómo se llama usted? Yo me llamo Carlos Mauricio Fonseca. Doce años. Cuando grande, pues como mi abuelo, un ganadero con un sombrero bien grande. Ah, en la cajita llevo un regalo para la niña de Deseda. Véalo. Lindo, ¿no? Es la primera vez que viajo para verla. Me escapé de mi casa.  No dije a nadie para dónde iba. No me hubieran dejado venir. No vayan a estar preocupados. Cuando llegue llamo del pueblo. No he dejado de acordarme de ella, así mi abuela me diga que bote esta latica que me cuelga del cuello y que no me junte con la nietecita del capataz, «que no ande por ahí aprendiendo mañas con esa piojosa». Yo no obedezco porque no le he visto nada malo a la niña. Bueno, esa vez me dio un beso en el silo y en otra quería que le mostrara el pipí. Yo no lo hice, pero ella sí me mostro su cosa levantándose la falda y acuclillándose después enfrente a orinar. Sin pena de nada como los animales. Ella sabe matar pájaros con cauchera y se ríe muy bonito, pero tiene los dientes picados y unas pecas rojitas. Mi abuelo sí me deja ir con ella. Me dice «picarón». Mi abuela antes me decía «El Canelo», pero después del accidente ya no más.  Se amargó mucho. Con Tania, antes de morirnos, vamos a ir a conocer el mar. De eso voy a hablarle. ¿Cómo es Deseda? Es  bien verde y hundida entre unas montañas como estas de Puntera. Tiene cafetos en todas las haciendas y árboles para que duerman los pájaros. Los balcones son de colores muy bonitos y las puertas son puertaventana, se mueve la puerta en dos mitades, la tabla de arriba y la de abajo, para dentro y para afuera. ¿Me entiende? La plaza del pueblo tiene unas tortugas grandes enjauladas,  morrocoyes; unos peces rojos buchones en una pileta puerca y dos ceibas que siempre están florecidas y me dan miedo cuando paso cerca, porque de pronto se me cae una rama  grandota encima. Tania dice que se sube de noche a mirar las cosas de arriba y a espantar borrachos, pero yo nunca la he visto. Debe ser mentira. Señor,  llegó mi bus. Hasta pronto, que le vaya bien. Ay, ay, la cajita, casi se me queda. Gracias por recordarme y por la charla, Don Pablo Emilio. Que le vaya bien en su viaje.

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