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Reseñas


Hábitos nocturnos

Alfonso Carvajal.

Random House Mondadori.

(2008. 161 páginas)
(Reseña dedicada a Orlando Echeverri Benedetti)
Por Juan Pablo Plata
Ya van tres títulos, en menos de dos años, de autores colombianos que hablan contra la Iglesia católica: La puta de Babilonia de Fernando Vallejo, Justos por pecadores de Fernando Quiroz y Hábitos nocturnos de Alfonso Carvajal. Los tres libros alegran el panorama literario y social, lo desenrarecen, cuando todavía, a ratos, se siente la molesta mano de la Iglesia en asuntos que nada le incumben en un estado laico como el colombiano; esto según la Constitución Política, no algún versículo, oración o plegaria. La Iglesia no ha callado ante estos últimos ataques literarios y se ha puesto de inquisidora, en una actitud contraproducente para sí misma como nos dice el narrador de turno de Hábitos nocturnos: “La adulteración que realicé de la Biblia fue una broma. La dimensión escandalosa que produjo este hecho me sorprendió, no esperaba tanto despliegue informativo de los medios, ni la enérgica protesta de la Iglesia católica, que una vez más demostró su torpeza para manejar asuntos que atentan contra su potestad”.
La novela va en diferentes voces, pero prima el monólogo y el diario del padre Saldarriaga. Saldarriaga es un cocainómano, un sacerdote en pugna con la Iglesia, enamorado del personaje histórico de María Magdalena; él goza de subir empericado(colombianismo para definir a alguien bajo los efectos del alcaloide de la coca) a los árboles a pensar y de caminar embalado por la calle de Bogotá. Es nieto de la dueña de un lupanar y sobrino del obispo Federico Holguín; amigo del reverendo Tamayo y el periodista Elker Fajardo, y es perseguido por el editor Leviatán Rodríguez. Cuando pequeño el padre se masturbó en un confesionario, ya de viejo copula con una drogadicta en el mismo adminículo, pero en un centro de rehabilitación para adictos. Estos y otros personajes dan vida al oscuro tejido que compone la intrigante, libresca y sacrílega quimera acaecida en 1999, con un aire mesiánico y revelador de imposturas metafísicas, con citas de Baruch Spinoza, San Agustín, San Brandán, Thomas Mann, entre otros. El sacerdote adicto a la cocaína conspira con un escritor poco exitoso y un editor para falsificar y publicar una Biblia y una revista llamada Estigma, para modificar algunos textos católicos con un fin subversivo y liberador a sus ojos. Mientras las acciones suceden en el recorrido mental de Fajardo, el diario del sacerdote y las apariciones de ángeles caídos y muchas noches insomnes con otros personajes y delirios, la novela nos lleva en un recorrido por Bogotá con escenarios tan disímiles como bares, claustros, el barrio El Nogal, el Gimnasio Contemporáneo-Gimnasio Moderno, en la realidad- cuna educativa de presidentes y grandes personalidades de la vida pública colombiana y un expedido de droga conocido como “El Cartucho”.
La novela escrita según el autor en nueve años, va laberíntica en su estructura sin llegar a ser caótica en demasía y contiene extractos de prosa poética amena como el que pongo acá:
“La cocaína es la exhalación mental, ahí su encanto y su desgracia; es el vértigo de la vida fragmentándose. Los impulsos mentales se recrudecen, pero su abuso desajusta el tiempo interior. El cerebro es un cielo que brilla y se oscurece rápidamente. Las ideas corren mucho más rápido que las palabras, el habla queda en veremos: tartamudeo acompañado de babas inmundas. Creo en su utilidad para escribir; aunque es un vicio social, yo lo asumí en una venerable soledad. Lo pasaba con agua o vino, para balancear la intensidad de su efecto, de su resplandor fulminante y así manipulaba el furor en mi sangre... La línea blanca, grumosa, donde converge el mundo, la línea recta o curva que impacienta el corazón, los sentidos, la mente. Línea química que desaparece en el disparo al revés de una aspirada. El lenguaje se hace agua, roca, nieve; el lenguaje remeda, remedia la realidad. La nariz de caballo alerta, nariz roja y fría. El choque de polvo con las neuronas, la explosión, la inquietud profunda. Una luz protuberante, severa, lo invade todo, luego la línea blanca que avanza y se vuelve negra en el papel”.

Una nueva veta para narrar Medellín.

I love you putamente
Esteban Carlos Mejía
Norma, 2007. 252 páginas.


Por Juan Pablo Plata

Aunque parece una novela sin lo que en su Arte Poética llama Horacio el decorum para la escritura y representación teatral de las tragedias y de las comedias, vale la pena leerla. El decorum se resume en que si estamos en los primeros años del siglo XXI en Medellín, los personajes deben hablar, comportarse y tener conocimientos de acuerdo a su formación académica, clase social y época histórica, etc. A menos que durante el transcurso de la obra se narre un entrenamiento que haga verosímil lo que dice el personaje o su ascenso.

Ahora, ese no es el caso de I love you putamente, si no hay coherencia entre lo que dicen los personajes y lo que son, es porque la narración está planeada para ser cómica por medio de las licencias literarias que se dan cuando tenemos los siguientes personajes: Víctor Yugo, escribiente con ambiciones literarias, lector voraz, termina como socio y empleado de una agencia de publicidad y diseño gráfico. Su compañeras de empresa son las dos hermanas Bahamón, Juliana y Luisa. Ambas diseñadoras, a ambas se las tira Yugo.

La coherencia cómica con la falta del decomrun se da en entretenidas conversaciones de borrachera entre Yugo y el abogado Gallemo. Hablan sobre si "se escribe para vivir o se vive para escribir". Una de las mejores preguntas que plantea el libro.
La sicaresca es burlada por un sicario que no es sicario porque no es capaz de matar y porque sólo se hace pasar en una estafa como tal, esto muy al estilo de Jesus Elvis Simbaqueva, el sicario morocho, fallido de la película El Colombian Dream, que recita: "Luna que en las noches/ mi cielo negro alumbra,/ mátame de dicha y vámonos de rumba".

De banda sonora oyen los personajes (como con La nostalgia del melómano de Juan Carlos Garay, pero fijada en los años 90 y en mp3 y en discos compactos) a Fito Páez, Helenita Vargas y Aterciopelados. Yugo confía en la sentencia de Fernando Vallejo: "El amor es la gonorrea del alma", sobre todo, cuando a pesar de amar a las hermanas dichas no logra seducir a Amelia de la Torre, la presentadora deliciosa del noticiero en que ha trabajado antes del negocio de publicidad. Entre masacres y silicona, sangre y placer, y taxistas dementes que dicen que en cierto cerro afuera de Medellín vive: Carlos Gardel, Pablo Escobar y Felipe Pirela.
I love you putamente dice Yugo, el hijo de la lavandera, cuando goza o sufre por igual. I love you putamente: el título de la novela que abre una nueva veta para narrar Medellín.

http://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/boletin_cultural/article/view/312

Comentarios

exelente fragmento el que recupera de la novela... buena reseña aunque yo desconfio de esos libros que atacan a la iglesi, esos intentos de hacer escandalo me parecen jartos... Justos por Pecadores, por ejemplo, es malisima... en fin... un saludo

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