domingo, 24 de abril de 2011

Reseña: Cuentan. Relatos de escritoras colombianas contemporáneas.

Cuentan. Relatos de escritoras colombianas contemporáneas.
Luz Mary Giraldo.

Sílaba Editores, Colección Madremonte, 2010, 218 págs.


Por Juan Pablo Plata.

¿Se puede reseñar una antología de relatos de mujeres sin hablar de la opresión femenina en el pasado? Se puede y se debe: son otros tiempos los que corren y las mujeres ya tienen abiertos muchos espacios que antes les estaban vedados en diversas actividades humanas; entre ellas el cultivo de las artes. Por retórica que suene la pregunta, la intención al hacerla es evitar el sesgo paternalista a la hora de tratar con ficciones hechas por damas en la crítica literaria.

La antóloga Luz Mary Giraldo quien ha hecho varias compilaciones de cuento colombiano, cae en el prólogo del presente libro en el viejo tópico de la opresión femenina para soslayar cualquier comentario directo sobre la antología presente, que por lo demás deja mucho que desear en cuanto a calidad literaria frente a la previa antología de relatos de mujeres hecha por ella misma: Ellas cuentan. Relatos de escritoras colombianas de la colonia a nuestros días (Seix Barral, 1998). El prólogo presente en el libro que atañe a esta reseña parece más un prólogo para el excelente libro de 1998, puesto que no se cita en él a ninguna de las veintidós escritoras ni sus relatos. Giraldo hace un breve recorrido por la crítica literaria y la producción de literatura de mujeres en Latinoamérica y habla de su anterior antología ya citada, pero de Cuentan. Relatos de escritoras colombianas contemporáneas no nos dice nada.

En la contraportada del libro van dos comentarios elogiosos de parte de los novelistas Rodrigo Parra Sandoval y Roberto Burgos Cantor. Hay que decir que los aplausos de los dos escritores son inmerecidos por casi la mayoría de los relatos. En casi todos los relatos no prima ni el estilo sobra la trama, ni la trama sobre el estilo. No hay sustancia, no hay riesgo, no hay nada divertido ni bello o esforzado en narraciones que están bien escritas, pero que no pasan de ser una suerte de ejercicios de escritura muy mediana. De aquí en adelante, para variar el tono, sólo vamos a hablar de los mejores relatos de la antología.

Antes pasar revista a algunos de los cuentos, comencemos por decir que Lucía Donadío, editora de Silaba Editores, a pesar de autoeditarse, salva con su propio relato un libro con narraciones de autoras más cercanas al diletantismo literario que al verdadero arte de la palabra que acusan las notas biográficas que se encuentran al final del volumen, donde las escritoras aparecen con múltiples publicaciones y un palmarés jugoso. No es la escritura descuidada el problema, lo es la falta de capacidad para narrar con mínima solvencia y sin tantos lugares comunes. El relato de Lucía Donadío, Esa señora tan buena, en primera persona, describe con genio la astucia de una empleada del servicio doméstico cleptómana. El cuento Carolina en mi funeral de Carolina Sanín Paz es una muestra más de la destreza literaria de esta autora, que se vale en esta ocasión del humor y la autoficción, es decir, de la mezcla entre ficción y biografía personal, para contar la vida de una estudiante latina en Nueva York, que vive constantemente acechada por el lastre del pasado vivido en su país de origen. Helena Araujo, con El tratamiento, nos lleva por la vida y la mente de una mujer que es convertida en un despojo humano por su esposo y familiares, quienes la someten a una innecesaria estancia en un hospital para locos. Amalia Lú Posso Figueroa, en Divina Barceló Mecino, usa un lenguaje caribe útil para narrar una historia de amor tejida entre un sordomudo y una mujer con unos ojos que hechizan las cosas animadas e inanimadas de la realidad. Soad Louis Lakah, en El peso de una corona, refiere el ascenso y caída de una reina de belleza que termina presa de la megalomanía y el narcotráfico, y muerta de manera violenta.
Los pocos relatos enumerados hasta aquí son aquellos que poseen alguna valía literaria, por no estar plagados de lugares comunes, tramas costumbristas y parroquiales y porque superan la correcta ortografía y la regular sintaxis de los demás relatos y permiten un verdadero goce con su lectura. Los otros relatos tienen, entre muchas otras cosas que rebajan la calidad de la antología: la repetición excesiva de las palabras nostalgia y amor, el uso maltrecho de refranes populares y del parlache sin conciencia semántica, además de la también repetida narración de la ingesta de vino en encuentros amorosos. Esto por citar los menos graves de los lugares comunes que empobrecen los relatos.

A quien esté interesado en leer relatos escritos por mujeres con valía literaria, porque tal vez la reseña haya suscitado la curiosidad o el deseo de tener un punto de comparación, le sugerimos que vaya en busca de los siguientes títulos y escritoras: Ardores y furores. Relatos eróticos de escritoras colombianas; La vida te despeina. Relatos de escritoras latinoamericanas; Amores malditos de Susana Castellanos de Zubiría, o cualquier libro de Laura Restrepo.

1 comentario:

Javier Munguía dijo...

Qué buena reseña, Juanpo: sin presunciones ni palabrería, dejas clara tu opinión sobre el libro y fundamentas tu disgusto. Estaré atento a tus notas. Abrazos.