lunes, 24 de abril de 2017

Repaso a cinco novelas que tratan el clasismo, la estratificación social y la ley es para los de ruana en Colombia.

Por Juan Pablo Plata.

En un listado e infografía sobre sesenta (60) novelas arraigadas en Bogotá hecho en agosto de 2016 por el periodista y escritor Andrés Ospina─ el hijo de Billy Pontoni, cantante popular por excelencia muy oído en el sur. El mismo sur de la capital colombiana menospreciado de donde salió el novelista Sergio Álvarez autor de La lectora─para el diario El Tiempo se excluyeron novelas como Ciudad Bolívar: la hoguera de la ilusiones de Arturo Álape, El último cartucho de Guillermo Bustamante y El demoledor de Babel de Larry Mejía, entre muchas más obras situadas en el sur de la ciudad como hizo notar en una breve enumeración y queja el escritor Daniel Ferreira. La exclusión señalada por Ferreira puede parecer inofensiva y obrada por la falta de lecturas, investigación y la sencilla escogencia dentro de lo canónico; asentado ya en el mercado literario. Pero puede haber algo más de fondo. ¿Por qué no hubo una novela de Usme, Bosa, Ciudad Bolívar o del escritor Daniel Ángel o Las Filigranas de Perder en un listado tan vasto?

Coprófago paradise
Juan Nicolás Donoso
44. Salón Nacional de Artistas. 
Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Pereira.
Toquica. Caín Press. 2016.

El paraíso de los comemierda se pudo llamar este libro, pero seguro ya eran demasiadas palabras para definir a Bogotá o para ponerlas en un título. Fue la novela editada en 2016 por el Ministerio de Cultura de Colombia y los organizadores del cuadragésimo cuarto Salón Nacional de Artistas celebrado en Pereira, Risaralda. La novela contiene una historiografía de la música electrónica y música en general que mezcla a ratos el ensayo con el curso de la narración donde se describen los sueños perdidos de unos muchachos aculturados que quisieron ser estrellas de la música mientras se hacían adultos y echaban a la borda sus mejores relaciones humanas, en medio del consumo de las más variadas formas de bebidas,  drogas naturales, de diseño y fármacos. El autor revela la vida de un grupo de jóvenes de diversos estratos sociales (Norteños y sureños), pero a pesar de sus diferencias terminan unidos para pasar el ocio y dejar de vivir en el aislamiento impuesto por estos mismos estratos y el clasismo para darse cuenta que no son más que humanos con diferencias mucho más valiosas que las establecidas por la economía y las oportunidades aprovechas o nunca halladas de hacer dinero. Al lector foráneo aprovecho para contarle que en Colombia se crearon los estratos socioeconómicos con la buena intención de cobrar y subsidiar los servicios públicos (Agua, energía, recolección de basura, etc.) de acuerdo a las capacidades de los usuarios y lograr a su vez una universalización de estos servicios en los espacios rurales y urbanos. Pero la estratificación no sólo ha traído resultados convenientes, también ha servido para la segregación social y la creación de estereotipos sobre las personas de los estratos: 1.Bajo bajo. 2.Bajo. 3. Medio bajo. 4. Medio. 5. Medio alto. 6. Alto. Es una tendencia que las clases trabajadoras, las personas con menos dinero vivan al sur y en la periferia en las ciudades colombianas y latinoamericanas.

La casa  de la belleza
Melba Escobar de Nogales
Emecé, 2015.

Tenemos a una escritora sin tapujos o complejos en su prosa y en el trato con sus personajes, pues estos suenan latinoamericanos, esenciales y hermosos, en vez de estandarizados por un lenguaje llano y transversal para que los párrafos suenen más neutros y cómodos para lectores extranjeros, digamos, como ocurre en las novelas televisivas, sin los giros del idioma español propios de las regiones colombianas (Acento y jergas de Cartagena de Indias, Bogotá; el Parlache). Esta decisión por un tipo de registro local en la narración y en los diálogos le sirve a Melba para indicar el clasismo y discriminación en la sociedad colombiana gracias a la grandísima desigualdad económica del país en toda su historia republicana y a una suerte de dejo colonialista en que el color de la piel, la región y el estrato social definen desgraciadamente las oportunidades de movilidad social, el rigor o la laxitud con que se es tratado ante la justicia gubernamental y, lo que es peor, el grado de respeto y subordinación de una persona afrodescendiente, mestiza o india ante las personas que tienen más dinero o un fenotipo o apellido foráneos. 

Caviativá
Mauricio Loza
Arango Editores.

En esta novela merece ya una reedición y su autor la publicación de sus obras inéditas que incluyen una novela, Gas guru, sobre la secta Aum Shinrikyō y una traducción de la Trilogía Illuminati de Robert Shea y Anton Wilson. Si la traigo a colación ahora es porque en esta novela hay un personaje que es el familiar de un senador del Congreso de la República de Colombia quien queda impune después atropellar a unas personas en la Avenida Chile, Calle 72, de Bogotá gracias a sus conexiones con el poder estatal y su capacidad económica. Lo que quiere decir que si estos mismos hechos referidos en la ficción le pasaran a un personaje sin medios económicos o contactos clave con el poder, la condena y castigo por el accidente no se habrían hecho esperar en su peor versión y cumplimiento sin rebajas. 

Juego de niños
Guido Tamayo
Random House Mondadori.

Un niño es adoptado por una familia con mayores capacidades económicas que su madre natural. Los contrastes de clase social y el apaciguado surgimiento de la conciencia de adultos entre los niños hace de esta novela un raro y suntuoso atisbo a los primeros años de la vida de los humanos.

Upejota y macana
Juan Andrés Leguízamo Manzanares.
Psique.


Libro de cuentos a la vez que novela en que personajes bogotanos del norte y del sur se encuentran en los calabozos de las denominadas UPJ (Unidad Permanente de Justicia) y en las calles a desvariar, pasar las horas y reconocer en la prohibición la trampa hecha y en el castigo la ley. Se percibe en este y en los anteriores cuatros libros como si la ley en Colombia estuviera hecha para que fuera cumplida en los estratos socioeconómicos inferiores, por allá en el sur de las ciudades y los departamentos del sur y en la periferia del país donde oyen con impudicia a Billy Pontoni, la nueva ola, el Charrito Negro y Uriel Henao, entre otros, mientras otros listan la realidad sin mucho tino e inclusión sobre las novelas clave de la capital de un país andino.

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viernes, 21 de octubre de 2016

Reseña en Jardines sin flores y otros relatos Alfonso Carvajal.

Por  Juan Pablo Plata

http://blog.revistacoronica.com/2016/10/resena-jardines-sin-flores-y-otros.html

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sábado, 8 de febrero de 2014

Reseña: Ximénez (Novela) de Andrés Ospina


Ximénez
Andrés Ospina. (Alias El Criminal)
Laguna Libros (2013)
Por Juan Pablo Plata
Andrés Ospina es un enfermo del pasado. Ama lo antiguo. Es un escritor que preferiría haber vivido en otra época. Por ejemplo, entre las décadas de 1930 y 1940 entre las que acontece su impecable primera novela.
En Ximénez algunos fragmentos cumplen el doble fin de detallar al protagonista, José Joaquín Jiménez García, periodista y poeta colombiano estrafalario-quien literalmente dio su vida por el oficio de reportero-, y de servir de declaración de principios o autoficción por parte de Ospina: aunado con Ximénez en sus pesares sobre el patrimonio cultural colombiano, además del gusto arrollador por lo viejo y por Bogotá:
“A José Joaquín le dolía ver la vetustez de su tierra, derrotada de a pocos por la maceta y el cincel, herramientas predilectas de una modernidad a medias, ejerciendo su acción maligna por sobre toda Bogotá.”
“Les reiteró, con calculada ingenuidad, su deseo de convertirse en escritor. Añadió que, por alguna razón que él mismo no había alcanzado aún a determinar, Bogotá era una de sus obsesiones.”
Ospina creó el Museo Vintage, recopiló el Bogotálogo, diccionario con términos propios del habla local capitalina y ha escrito y todavía escribe como lo hizo Ximénez acerca del presente, futuro y pasado colombiano y bogotano cada vez que puede. Entre sus publicaciones previas está Bogotá Retroactiva y una versión bellísima sobre la leyenda llanera El Silbón ilustrada por Typozon.
De regreso a la novela, tenemos que la recreación de la atmósfera de las primeras décadas del siglo pasado en que vivió Ximénez se da por medio de los nombres de productos y objetos de consumo, palabras hoy en desuso, lugares y personajes del periodismo y la literatura colombiana como Enrique Santos Montejo, alias Calibán; un anacrónico Marco Fidel Suárez, Germán Arciniegas, Felipe González Toledo y Miguel Ángel Osorio Benítez, alias Maín Ximénez o Porfirio Barba Jacob. La coincidencia entre los seudónimos del protagonista de la novela y Miguel no sé queda ahí. Pues tanto Ximénez como Porfirio cometieron poesías- con más suerte el segundo- y dieron rienda suelta a la invención de noticias falsas o híbridas entre la realidad y la ficción con las que aumentaron las ventas de los diarios para los cuales escribían.
Detrás de la que definí como la mejor novela publicada en Colombia en 2013 en revista Corónica hay una vasta investigación, pero sobre todo una imaginación portentosa que abarrota el pasado con los agios no disponibles en bibliotecas, archivos de familia y testimonios recopilados de los descendientes de las personas que trataron a Ximénez al menos por un instante y son personajes de la novela. Andrés Ospina hace lo que Ximénez y Porfirio hicieron en su tiempo cuando lo factual no rendía más y el viaje de la ficción ensanchaba el relato.
Más allá de la historia de un hombre, la novela nos trae del pasado el germen del mejor periodismo actual colombiano, las vivencias de los amores restringidos por la pacatería de hace décadas y el nefasto clasismo del que aún no nos deshacemos.



www.kienyke.com/kien-bloguea/resena-ximenez-novela-de-andres-ospina/

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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Del barco al orco

Sobre Travesías (novela) de Jonathan Alexander España Eraso.

 Por Juan Pablo Plata.

 Al inicio Travesías parece una ficción dispuesta para tratar sobre el mundo de los pescadores y mercantes. El lenguaje inaugural discurre preciso y elástico sobre las partes, direcciones, lugares e instrumentos conocidos por quienes navegan en la barcaza El Haroldo frente al océano Pacífico, yendo y viniendo desde y para el agua dulce. Con todo, los sucesos resultan ser el desalmamiento ejecutado sobre las fisonomías de los vivos y los terrenos entre los que transcurre la historia. 

Si ``travesía´´ es ir de un lugar a otro, también lo es el aire recto disparado contra un litoral y también nombra un área desértica. Esta travesía son todas las travesías referidas antes que connota la lengua española. El viaje aquí es de lo habitual a lo aparente, de lo acuoso a lo adusto, de la muerte a lo raro e inescrutable, porque un muchacho y un perro malogrado han ido de la vigilia laboriosa hacia un mundo donde las figuras monstruosas y el múltiple Simurg depuran el mundo de todo aquello que es ajeno a su virulento mundo. Varias mitologías y sortilegios occidentales y orientales marchan recreados por la imaginación del autor de Travesías, quien compone párrafos y frases al abrigo de la necesidad expresiva y la ligazón inusual del idioma, causando en el lector la impresión estar inmerso en una historia originada por la diestra marginalia, nada secundaria, hecha a un grimorio que enrarece todo cuanto explica. Jonathan Alexander España Eraso, alias Juan Páramo, ha escrito un laberinto donde las transmigración de los seres y las cosas nos llevan desde un barco raso a un orco elaborado. En Travesías todo va tan claro por ir cifrado.

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sábado, 5 de octubre de 2013

Reseña: El olvido que seremos.


El olvido que seremos
Héctor Abad Faciolince
Bogota: Planeta, 2009, 274 p. 20ª edición.

Por Juan Pablo Plata

Elogiado por grandes figuras como el peruano Mario Vargas Llosa y los españoles Rosa Montero, Fernando Savater y Enrique Vila-Matas, este libro híbrido entre ficción y no ficción, entre novela y memorias, no cae en la hagiografía ni en la mejora de la historia del padre, antes bien, con llaneza en el lenguaje, sin dejar de ser poético, la voz narrativa y el autor nos cuentan su historia mínima con pequeños brotes emotivos que permiten ver los defectos y virtudes de los otros, esto es, del médico y profesor universitario Héctor Abad Gómez (autor de Manual de tolerancia), caído de manera violenta por manos de los paramilitares el 25 de agosto de 1987.

Es una historia que ha probado ser a su antojo la historia colombiana condensada en una familia y en la vida del progenitor del columnista y asesor editorial del diario El Espectador, el señor Héctor Abad Faciolince. La historia también ha llegado a ser universal como lo prueba su edición en muchas lenguas y la acogida crítica, además de la premiación por sus méritos artísticos y contenido humanista, como ocurrió recientemente con el Premio Casa de América Latina en Portugal de 2010. Así pues, la consigna de León Tolstoi de “pinta tu aldea y pintarás el mundo” es efectiva. Hermanos del libro son La flor de la esperanza (remembranza de una madre, Gloria Lara, secuestrada y asesinada por un incipiente y oscuro grupo de izquierda) de Luz Echeverri y Lara (sobre el asesinato del combativo Ministro de Justicia huilense, Rodrigo Lara Bonilla, asesinado por grupos del narcotráfico) de Nahum Montt (Alfaguara).

Habría que decir sin afectaciones: El olvido que seremos es el repaso por la vida de una familia de clase media, pero sobre todo, de la vida de un hombre que fue asesinando, como muchos más, por vivir por nobles ideales como la realización práctica de los Derechos Humanos, la masificación de buenas condiciones sanitarias y por ende la salud y la igualdad y por desvivirse por terceros; por hablar por los que no tienen voz y pedir mejores condiciones de salubridad y justicia social, en vez de perseguir una vida llana, voluptuosa, sin protestas ni tomas de partido por nada. Es la vida de un hombre contradictorio, de ideas de izquierda que vivía, tal vez, sin saberlo, bajo un accionar utilitarista en el mejor sentido la palabra otorgado por Jeremy Bentham: repartiendo la mayor cantidad de felicidad entre la mayor cantidad de personas posibles. Pasan por la historia: un arzobispo, una monja, el expresiente Álvaro Uribe Vélez, la Medellín de las décadas comprendidas entre 1960 y 1980; una hija y hermana, Marta Cecilia Abad, quien murió de cáncer y es también rescatada de la preterición causada por el tiempo, junto a unos poemas hasta ahora inéditos de Jorges Luis Borges, de donde sale el título del libro que nos atañe.

Un libro con una clara invitación a ganarle las múltiples batallas al olvido de nuestra historia local para así ganarle la guerra a la guerra y de verdad tener paz y mucha tolerancia. Hace rato no decían tanto las palabras

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miércoles, 29 de agosto de 2012

Reseña: 35 muertos de Sergio Álvarez


@jppescribe

Haga clic para ver Sergio Álvarez (Documental)
(Realizador José Alejandro González)

35 muertos
Sergio Álvarez
Alfaguara. 512 páginas. Novela)


35 muertos es una narración de pequeñas instantáneas – capítulos durante 35 años, entre 1965 y 2000 de la historia de Colombia. En ella se cuentan las previas peripecias de los parientes del que será nuestro protagonista: un huérfano colombiano, del que no sabemos nunca su nombre, con una vida siempre rota. Vamos desde su nacimiento recorriendo diversos rincones de Colombia donde por igual acechan la alegría, el rebusque por la sobrevivencia y la violencia. Nidia, la madre del protagonista, muere prematuramente por complicaciones posteriores al parto que lo ha traído al mundo y el padre Fabio se suicida ante una garrafal quiebra de una ferretería. El protagonista  acaba de criarse junto a la tía Cristinita en un barrio popular en Bogotá, donde engrosa una pandilla y  ve cómo su tía funda con otros una comuna revolucionaria marxista en el barrio la Candelaria de Bogotá. Sus amigos de barrio lo entrenan en la criminalidad en la cual hace carrera como pandillero sin destacarse mucho. Así mismo,  llega a ser un estudiante remiso de filosofía, soldado, a la vez que administrador y constructor de un burdel, paramilitar, testaferro de narcos del cartel del Valle del Cauca y finalmente distribuidor de droga de poca monta en España al inicio del año 2000. El relato de las peripecias  previas que posibilitaron la vida, esto es, el nacimiento del protagonista, da cuenta de los conflictos sociales colombianos por la propiedad de tierras y extracción minería, revueltos con los enfrentamientos por ideologías de izquierda y de derecha y de los partidos liberales y conservadores y los emergentes y nunca consolidados del ala socialista durante el siglo pasado, que desembocaron en un recrudecimiento conocido como la época de La Violencia (1930- 1953).



Se ve en la novela cómo las secuelas de estos conflictos no resueltos aún afectan una guerra interna con raíces y aristas más variadas que lo que las simplificaciones de la prensa y muchos estudios académicos han hecho ver. 35 muertos también nos muestra al protagonista atravesando décadas en que la violencia por motivaciones sociales e ideológicas comienza a estar plagada por influencias foráneas que mutan el conflicto interno al punto de ampliar sus causas y el espectro violento, es decir, su consecuencias. Las fronteras entre los actores armados se nos muestran difusas, pero sí se ven con claridad en la novela las influencias de fuera en la violencia local, que van desde el narcotráfico -una actividad hasta ahora ilegal con una guerra impuesta desde afuera que no la vence- hasta el apoyo y financiamiento de multinacionales a grupos paramilitares que protegen los interés económicos de los conglomerados;  empresas extranjeras de extracción y procesamiento de hidrocarburos, oro, esmeraldas, banano, entre otras materias primas. Estos grupos paramilitares luchan contra las guerrillas que dicen proteger la soberanía colombiana frente a  los interés de estas empresas, y a su vez, ambos tienen su tajada en el negocio de la droga.

35 muertos cubre una época equivalente en años, siete lustros, que recorren los antecedentes y caracterización del conflicto contemporáneo en Colombia. De la denominada violencia bipartidista se pasa al surgimiento de las guerrillas y sus organizaciones representativas en la escena política en los partidos MOIR (Movimiento Obrero Independiente Revolucionario), UP (Unión Patriótica) y el M-19. Sigue a esto el surgimiento de los carteles de la droga y sus masacres y actos terroristas, y finalmente el surgimiento de escuadrones paramilitares -Hoy Bacrim- de orientación ideológica de derecha extrema con vínculos con empresarios locales y extranjeros y las organizaciones políticas tradicionales.
En 35 muertos tenemos que la tan mentada causa de la violencia como una condición inherente al ciudadano colombiano se desdibuja cuando pensamos en que el relato comienza en 1965, pero sabemos porque la historia ha sido acopiada, que entre 1965 y 1975, para sorpresa de lo fabricantes de estereotipos, hubo un periodo de paz. Sirve leer para comprobarlo el flamante libro Víctima de la globalización. La historia de cómo el narcotráfico destruyó la paz en Colombia de James D. Henderson y el comentario sobre el asunto de Alejandro Gaviria en El Espectador. A los conflictos irresueltos por tierras e ideologías se le sumo en la década de 1970 el tráfico de drogas y la violencia desencadenada por este negocio. En la trama de la novela aparece representada la época del narcoterrorismo de las décadas comprendidas entre 1980 y 2000, la toma del Palacio de Justicia y la intervención policial sangrienta en la Universidad Nacional de Colombia en su sede en Bogotá el 16 de mayo de 1984.
En 35 muertos las causas de la violencia pasan por los antecedentes históricos de un conflicto de varias décadas que ha cambiado en su forma y participantes, que antes afectaban mayoritariamente a la población rural del país, pero que se han extendido y afirmado en las zonas urbanas principales y secundarias con igual ímpetu.
La anomía (Término acuñado por Emile Durkheim) también está presente entre las causas de la violencia en la realidad histórica y en su representación novelística por Sergio Álvarez. No hay, pues, una estructura estatal o institucional vigente apta para la construcción de una sociedad en medio de unas normas y unos derechos; los lazos interpersonales y el desarrollo individual están constreñidos a los embates de una sociedad con altísimos índices delictivos. Se reconoce así el papel de reforzamiento y relevo desempeñado por los factores en los diferentes niveles de causalidad de la violencia delictiva. Detrás del origen de la violencia en Colombia está la mínima presencia del Estado en muchas partes del país, la desigualdad, la corrupción generalizada, la impunidad, los altos niveles de aceptación social de la violencia para resolver conflictos, y un país regionalmente fragmentado, que expulsa al exilio a sus ciudadanos, quienes terminan signados por su procedencia, como los emisarios de un país donde no se respeta la vida, se comercia con drogas y donde muchos conflictos básicos aún no se resuelven.
El asunto de la violencia delincuencial, del asesinato y el de la propiedad de la tierra es tratado en un diálogo que se ha vuelto ya emblemático en la difusión y comprensión de 35 muertos en Alemania y en Latinoamérica:
“Ay hermano, no se va a complicar ahora que le dieron una nueva oportunidad. Prefiero irme que convertirme en un sicario. Nadie lo va a dejar ir después de todo lo que ha visto. Yo no he visto nada, solo un montón de escrituras y han sido tantas que no podría acordarme de ningún detalle. Es igual; cumple la prueba o lo van matar. Nunca debí venir por aquí, me lamenté. Ahora empiezo a ver que los comandantes tienen razón, usted sigue siendo un comunista. Usted no entiende, le dije. Yo sí entiendo  y sé bien cómo  se llama lo que le pasa a usted. ¿Cómo? Cobardía. Puede ser. ¿Y sabe qué es lo peor? ¿Qué? Que por eso es que está tan jodido, por eso ni tiene un vida, ni familia, ni plata. ¿Cómo así? Usted llegó a viejo y no se dio cuenta de cómo funciona este país. ¿Acaso cómo funciona?, pregunté. Con muertos, hermano, en este país el que no ha matado o mandado a matar a alguien no progresa. Lo miré asustado. Créame, hermano, aquí la muerte manda y el que no mata ni manda a matar no es nadie, no vale nada.´´ ( Sergio Álvarez, p.428)
Se ve en el fragmento el conflicto armado interno de Colombia ligado con el problema de tierras cuando el protagonista dice no haber visto bien las escrituras de terrenos que ha estado modificando a favor de los paramilitares. La violencia se percibe como una moneda de intercambio y de supervivencia en una sociedad que la ha incorporado como la mejor manera de transferencia, ascenso social y resolución de conflictos.
Ha escrito Sergio Álvarez una novela magistral en que la realidad histórica como su ficcionalización y las causas de la violencia están muy bien relacionadas con antecedentes, con conflictos sociales, ideológicos y por  la tenencia tierras y a sus vez por la influencia externa en Colombia que estimula actividades como el tráfico de drogas, la minería y el tráfico humano, entre otros, en un mundo globalizado, como dice Tania Mariela Adams, en que los gobiernos locales e internacionales no tienen alcance o presencia para poner una barda o combatir con efectividad estos males. Formulación que va en el mismo sentido de la afirmación hecha arriba en que la ausencia de un Estado vigilante con sus garantías, derechos y oportunidades sociales produce una cadena de violencia. 35 muertos es una novela excepcional por divertida, porque conmueve también cada rato y muestra mejor que otros textos el mierdero de hoy y siempre de nuestro adorado país: Colombia.

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domingo, 24 de abril de 2011

Reseña: Cuentan. Relatos de escritoras colombianas contemporáneas.

Cuentan. Relatos de escritoras colombianas contemporáneas.
Luz Mary Giraldo.

Sílaba Editores, Colección Madremonte, 2010, 218 págs.


Por Juan Pablo Plata.

¿Se puede reseñar una antología de relatos de mujeres sin hablar de la opresión femenina en el pasado? Se puede y se debe: son otros tiempos los que corren y las mujeres ya tienen abiertos muchos espacios que antes les estaban vedados en diversas actividades humanas; entre ellas el cultivo de las artes. Por retórica que suene la pregunta, la intención al hacerla es evitar el sesgo paternalista a la hora de tratar con ficciones hechas por damas en la crítica literaria.

La antóloga Luz Mary Giraldo quien ha hecho varias compilaciones de cuento colombiano, cae en el prólogo del presente libro en el viejo tópico de la opresión femenina para soslayar cualquier comentario directo sobre la antología presente, que por lo demás deja mucho que desear en cuanto a calidad literaria frente a la previa antología de relatos de mujeres hecha por ella misma: Ellas cuentan. Relatos de escritoras colombianas de la colonia a nuestros días (Seix Barral, 1998). El prólogo presente en el libro que atañe a esta reseña parece más un prólogo para el excelente libro de 1998, puesto que no se cita en él a ninguna de las veintidós escritoras ni sus relatos. Giraldo hace un breve recorrido por la crítica literaria y la producción de literatura de mujeres en Latinoamérica y habla de su anterior antología ya citada, pero de Cuentan. Relatos de escritoras colombianas contemporáneas no nos dice nada.

En la contraportada del libro van dos comentarios elogiosos de parte de los novelistas Rodrigo Parra Sandoval y Roberto Burgos Cantor. Hay que decir que los aplausos de los dos escritores son inmerecidos por casi la mayoría de los relatos. En casi todos los relatos no prima ni el estilo sobra la trama, ni la trama sobre el estilo. No hay sustancia, no hay riesgo, no hay nada divertido ni bello o esforzado en narraciones que están bien escritas, pero que no pasan de ser una suerte de ejercicios de escritura muy mediana. De aquí en adelante, para variar el tono, sólo vamos a hablar de los mejores relatos de la antología.

Antes pasar revista a algunos de los cuentos, comencemos por decir que Lucía Donadío, editora de Silaba Editores, a pesar de autoeditarse, salva con su propio relato un libro con narraciones de autoras más cercanas al diletantismo literario que al verdadero arte de la palabra que acusan las notas biográficas que se encuentran al final del volumen, donde las escritoras aparecen con múltiples publicaciones y un palmarés jugoso. No es la escritura descuidada el problema, lo es la falta de capacidad para narrar con mínima solvencia y sin tantos lugares comunes. El relato de Lucía Donadío, Esa señora tan buena, en primera persona, describe con genio la astucia de una empleada del servicio doméstico cleptómana. El cuento Carolina en mi funeral de Carolina Sanín Paz es una muestra más de la destreza literaria de esta autora, que se vale en esta ocasión del humor y la autoficción, es decir, de la mezcla entre ficción y biografía personal, para contar la vida de una estudiante latina en Nueva York, que vive constantemente acechada por el lastre del pasado vivido en su país de origen. Helena Araujo, con El tratamiento, nos lleva por la vida y la mente de una mujer que es convertida en un despojo humano por su esposo y familiares, quienes la someten a una innecesaria estancia en un hospital para locos. Amalia Lú Posso Figueroa, en Divina Barceló Mecino, usa un lenguaje caribe útil para narrar una historia de amor tejida entre un sordomudo y una mujer con unos ojos que hechizan las cosas animadas e inanimadas de la realidad. Soad Louis Lakah, en El peso de una corona, refiere el ascenso y caída de una reina de belleza que termina presa de la megalomanía y el narcotráfico, y muerta de manera violenta.
Los pocos relatos enumerados hasta aquí son aquellos que poseen alguna valía literaria, por no estar plagados de lugares comunes, tramas costumbristas y parroquiales y porque superan la correcta ortografía y la regular sintaxis de los demás relatos y permiten un verdadero goce con su lectura. Los otros relatos tienen, entre muchas otras cosas que rebajan la calidad de la antología: la repetición excesiva de las palabras nostalgia y amor, el uso maltrecho de refranes populares y del parlache sin conciencia semántica, además de la también repetida narración de la ingesta de vino en encuentros amorosos. Esto por citar los menos graves de los lugares comunes que empobrecen los relatos.

A quien esté interesado en leer relatos escritos por mujeres con valía literaria, porque tal vez la reseña haya suscitado la curiosidad o el deseo de tener un punto de comparación, le sugerimos que vaya en busca de los siguientes títulos y escritoras: Ardores y furores. Relatos eróticos de escritoras colombianas; La vida te despeina. Relatos de escritoras latinoamericanas; Amores malditos de Susana Castellanos de Zubiría, o cualquier libro de Laura Restrepo.

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lunes, 24 de enero de 2011

Reseñas

domingo, 9 de agosto de 2009

El Nobel para Roth o para nadie

Indignación
Philip Roth
Random House Mondadori
2009, 176 páginas.

Por Juan Pablo Plata

Someter la totalidad de la narrativa de Philip Roth a las señales de una obra llena de sexo, obscenidad y burlas sobre lo judío (fe, identidad, raza, Israel, costumbres, entre otros), es injusto e indecoroso. Su obra es mucho más. Hacer tal reducción es tanto como quedarnos con el último Bernard Lawrence Madoff y decir que él siempre hizo dinero estafando y que nunca fue un self made man y hábil negociante. De otra manera no habría podido timar a nadie. Tenía un buen pasado como ganador en los negocios en Wall Street antes del asunto de las pirámides y por eso pudo engatusar.

Ahora, véanse estos fragmentos de las novelas de Roth contra los críticos y academias cicateros en elogios sobre sus virtudes de prosista:

“La única obsesión querida por todos: el amor. ¿La gente piensa que enamorarse los completa? ¿La unión Platónica de almas? Pienso de otra manera. Creo que uno está completo antes de comenzar y entonces el amor lo fractura”. En El animal moribundo.

“Por Cristo, un hombre judío con sus padres vivos es un niño de quince años y permanecerá así hasta que ellos mueran”. En El lamento de Portnoy.

“Él aprendió la peor lección que la vida te puede dar: la vida no tiene sentido”.
En Pastoral Americana.

“La sociedad americana… no sólo sanciona la vulgaridad y las relaciones injustas entre los hombres, sino que las alienta. Ahora, ¿puede negarse? No. Rivalidades, competencia, envidia, celos, todo lo maligno en el carácter humano es fomentado por el sistema. Posesión, dinero, pobreza- en estos estándares corruptos las personas miden la felicidad y el éxito”. En El lamento de Portnoy.

En Indignación, tenemos al joven Marcus Messner, judío de raza, ateo, hijo único de un sobre protector matarife kosher, con diecinueve años, en 1951. Marcus va narrando, mientras nos va hablando desde el más allá, porque hacia allá lo han llevado una cadena de decisiones con desastrosos resultados: ir a estudiar de Nueva Jersey a Winesburg, Ohio; aceptar la sugerencia de sobornar a un compañero de estudios para no ir a la iglesia luterana, pues es obligatorio en la nueva universidad, y enviar a éste en reemplazo; enamorar a Olivia Hutton, recibir su primer blow job de ella y causar su suicidio; paranoicamente toma instrucción militar anticipada en la universidad, con la esperanza de no estar combatiendo en primera línea en la Guerra de Corea sino en la división de inteligencia si llega a ser expulsado del Winesburg College.

Marcus es un muchacho perfeccionista. Sus metas a los diecinueve se resumen en sacar buenas calificaciones en la escuela y la universidad y en perder pronto la virginidad. Con los planes, es decir, las decisiones hechas para alejarse del asedio de su padre, estudia ciencias políticas en vez de leyes y decide descorcharse con la primera desequilibrada interceptada en su camino, sin anticipar su futuro desastre personal.

A propósito, esta corta novela puede acabar destruida por esta reseña. Entonces es mejor no contar más de la trama. Digo, eso sí, que la enseñaza de esta fábula moral es la de: Puedes creerte muy listo, inmoral y lujurioso, pero la Historia y el destino labrado por tus propias decisiones te agarrarán al final.

La novela lleva unos fragmentos del himno nacional de la Republica Popular China, de donde toma Roth la palabra indignación; de ¿Por qué no soy católico? de Bertrand Rusell y de Breve historia de los Estados Unidos de Samuel Eliot Morison y Henry Steele Commager, integrados todos en la novela con maestría.

En línea con el título, produce rabia, indignación la Academia Sueca: si no le dan el Premio Nobel de Literatura de 2009 a Roth, no se lo deberían dar ya a nadie más. Espero no muera sin recibirlo el querido viejo Roth. ¡Se imaginan el discurso de aceptación en Estocolmo!

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