sábado, 14 de mayo de 2011

Un documental y un pueblo inadvertidos: Tumaco Pacífico.

Reseña:Tumaco Pacifico.

(Documental)

90 minutos. Color. Colombia. DVD. NTSC.

Realizador: Samuel Córdoba.

Por Juan Pablo Plata

Tumaco Pacifico (Documental) es otra más de las muchas obras (literarias, musicales, plásticas, etc.) que pasan desapercibidas por el público y los medios en Colombia. La desatención a tan regio trabajo audiovisual sólo resulta compresible porque los medios de comunicación colombianos quieren hacer primero ruido de los productos de sus conglomerados o porque es poco el espacio restante no cooptado por la publicidad de la que subsisten.

La cinta tiene asiento en San Andrés de Tumaco en el departamento de Nariño (zona estratégica del cultivo y tráfico cocalero), en la Costa Pacífica de Colombia. La ciudad cuya población es 90% de raza negra según estadísticas del DANE, ha resistido a los embates de maremotos, tsumanis, del narcotráfico, los grupos armados ilegales y la indiferencia nuestra.

El documental fue realizado por Samuel Córdoba con producción de Catalina López Betancourt. A su creación no la alcanza la burla hecha por los cineastas Luis Ospina y Carlos Mayolo -en Agarrando pueblo (1977)-, a los documentales colombianos que en el siglo pasado grababan miseria, con premeditación, para ganar premios en el exterior, pues las imágenes registradas no exponen ni buscan miseria. La pobreza, la vida difícil de los habitantes de los palafitos, de las mujeres y sus hijos, los pescadores, los piangueros (cazadores de conchas con almeja), aparecen en medio de un relato aislado de propósitos tan nefastos como querer grabar la desventura de otros para ganarse un premio y unos pesos. El documental tiene otros afanes nobles –con todo y que se percibe un compromiso humanitario- reconocibles en la edición, es decir, en el montaje hecho con las voces y acciones en una ciudad con un puerto donde confluyen la fuerza montañera y el ocre del agua dulce con la sal y las ondas del mar: un niño, Junior, va por ahí consiguiendo carnadas para pescar, hilando e hilvanando el nylon, rompiendo conchas, trabajando un poco, pese a su edad, para ayudar a su abuela. Don Carlos es un aforista y un estudiante eterno; fue un líder comunitario y de pescadores y piangueros como hoy lo es Carmen Julia. Doña Eduarda, anciana sabia, valga el pleonasmo, es niñera y jefe en su barrio de casas montadas en palafitos sobre el agua, cuyos cimientos son acariciados por la basura orgánica e inorgánica tirada allí por todos. Muchas otras vidas salen y también, tal vez, el último registro de un pianguero asesinado después de la grabación como consta en el Q.E.P.D de los subtítulos.

La basura de todos tirada al agua, un aire musical llamado Currulao, los manglares, el baile, la cultura de la pesca, la sed de educación, los trabajos manuales, la sapiencia y la felicidad de las cosas simples (tan celebradas y rementadas casi como exclusivas de las religiones y culturas orientales y sus gurúes y seguidores); el sentido común y las historias de las personas contadas en su propia voz, son lo que queda girando en el espectador después de una proyección de Tumaco Pacífico. Futuros espectadores del video concordarán con haber visto una cultura raizal negra y a los demás ciudadanos de Tumaco en choque o negociación con una civilización que llega en avión, en barco, por radio y televisión, que no los recuerda sino cuando algo digno de sensacionalismo ocurre: un degollamiento humano, un desastre natural o la visita de una persona haciendo responsabilidad social: como hoy le dicen a la caridad, a la filantropía y a la labor social, interesada y doble, hecha por quienes buscan mejorar su reputación o ahorrar impuestos con exenciones prometidas a sus piadosas acciones.

Si quiere tener un respaldo más para buscar una proyección o comprar el documental, vea la lista del palmarés obtenido por el documental y unos cuantos enlaces.

Enlaces

www.tumacopacifico.com

tumacopacifico.wordpress.com

http://www.youtube.com/user/tumacopacifico

http://www.youtube.com/watch?v=QZ_h8BO8FE4&NR=1


Premios obtenidos por el documental Tumaco Pacifico.

Chashama Film Festival. Nueva York. Premio del Público a Mejor Película Extranjera 2009.

II Festival Internacional de Video Alternativo y Comunitario Ojo al Sancocho. Argentina. Mención de honor 2009.

IV Festival de Artes Audiovisuales de La Plata. FESAALP 2009 en Argentina. Mejor largometraje documental por el jurado

XXVI edición de los Encuentros de Cine Latinoamericano en Burdeos, Francia. Premio del público a mejor película.



Como se ve, nadie es profeta en su tierra.

¿No será que el municipio de Tumaco y este documental pasan desapercibidos en Colombia aposta para ocultar violencia, narcotráfico y pésimas condiciones sanitarias y económicas?

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viernes, 18 de febrero de 2011

La poesía afrocolombiana

(Texto extraído del Almanaque Mundial (1977), Editorial América. Suplemento Colombia. Fiel reproducción del texto).

Es Colombia uno de los sitios del continente donde queda una preocupación, en los días que corren, por mantener viva la poesía negra. Es Candelario Obeso, colombiano del lejano siglo pasado, al que muestran sus compatriotas como iniciador de tal poesía en América. El aserto es negado por muchos.

De todos modos, en Candelario Obeso se encuentra tal preocupación por el negro, tal humanidad ante sus sufrimientos, que no hay duda de que el vate colombiano fue el pionero en llevar a la poesía del continente una labor de rescate que sólo ahora empieza a vislumbrarse, a pesar del auge que ha tenido en los últimos tiempos la moda afro.

Candelario Obeso, hombre de gran cultura, se percató pronto de la forma peculiar de hablar del negro –la que aún se usa en el Chocó y hasta en muchos lugares de la costa colombiana- y la llevó a sus composiciones.

Muerto este prohombre, viene el silencio, un largo silencio que llega hasta Jorge Artel. Con este profesor de la Universidad de Panamá, la composición negrista vuelve a florecer en forma culta. Estamos en pleno s. XX. Artel pertenece al renovador grupo que se autotituló Piedra y Cielo; para muchos, más que grupo, una verdadera generación. Él entronca con dos ramas: con la popular – en Colombia, entre el pueblo la poesía ha estado siempre pujante- y con la de los sufrimientos: la de Obeso.

Hay en la poesía de Artel un dolor palpitante, no apagado, el que ha perseguido al negro desde que los negreros lo tiraron, inhumanamente, como un fardo, en el continente.

De Artel se pasa a los dos hombres que más han hecho por conservar lo negro en Colombia. Uno de ellos es Helcías Martán Góngora, poeta de diversas aristas, artífice del verso, musicólogo del verso negro, verso que sale de su pluma con la cadencia de la jitanjáfora y el toque del tambor. También se cita, como clásica, esta poesía suya, de musicalidades extremas, logradas con el uso acertado de las palabras con resonancias. Por cierto que está por hacer un estudio profundo de estas palabras y de sus combinaciones posibles en castellano:

Aquí, Mattu Mulumba.
Mattia Mulumba aquí.
Tambo y tambor, tumbo y tumba,
santo y seña para mí.
Robo del rumbo y la rumba
e l paletón, el paujuí
aquí, en Mattie Mulumba
piangua en la panga y picualí.

Helcías Martán Góngora, hoy en plena producción, desde su revista Esparavel recoge con entusiasmo y crea los tintes negros de Colombia; y prohíja nuevos rapsodas como Alfredo Vanín Romero.

El médico Juan Zapata Olivella, diplomático, de familia que ha contribuido como pocas con las letras colombianas- su hermano Manuel es novelista de fuste y látigo- con Helcías Martán Góngora e Irene Zapata Olivella se empeña en cuajar en distintivo nacional los poemas afrocolombianos.

En Zapata Olivella se da el proceso de mitificación de la negra y de la mulata que se operó en la poesía afrocubana y que tuvo su arrancada en Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde.

En él existe, además, esa tendencia que consiste en acercar a la negra a la naturaleza. Esa unión con la naturaleza, tan propia de las regiones africanas traídas por los esclavos al continente americano. Como está presente la mulatización, la idea de que vivimos en un continente mulato, tesis que lanzó al vuelo el cubano Nicolás Guillén en Los dos abuelos. Lo que sigue de Zapata Olivella ilustra el punto:

Senos repletos de mi pura leche
abiertos a la vida dilatada
senos para la tierra descarnada
que también se alimenta de mi pecho;

senos en las ansias de mi llanto
sedientos de la amargura de dos mundos,
senos clamorosos y rotundos,
como dos remos de vibrante canto.

Sórbete mis senos negros,
y bébete mi leche blanca,
hazle en lo profundo cruel herida
y sabrás que mis senos, negros, sanos
nutrirán también tu propia vida.

De Negros senos, la poesía anterior, pasamos a Irene Zapata Olivella. Ella se aparta diametralmente de la vena colorista y folklórica. Negra, sufrida, adquirió ese degusto, si cabe llamarlo así, por lo trágico de su vida cotidiana y la de los negros en nuestra Amerindia sobre los que han pesado, como un trallazo, los sufrimientos ancestrales. Por eso su poesía destila fosa, tragedia, destierro. Pero mujer dotada de una sensibilidad exquisita, con un lirismo que parece polvo de mariposas flotando en el aire, por lo hondo y fino, hay en su obra una rebeldía instintiva, el deseo del negro de ocupar un puesto en el mundo de puro derecho.

Mención aparte merece otro grande: Hugo Salazar Valdés. Cantor errante, soñador bajo las estrellas del parque; recitador. Lo ven las piedras de Colombia en vagabundaje creador como nuevoCirio Bayo. Su fama rebasa fronteras y Simón Latino, en su recopilación de poesía afrocontinental, lo incluye.

La obra de este aeda es como su vida: dispersa; sin cuajar en libros; tirada por periódicos. Pero de una entraña colombiana maciza, férrea; musical en la que cobra categoría el mito de la mulata:

Oscura de tinta china
era la María Teresa:
pupilas de lumbre mora
piel de betún y de brea,
sonrisa de caña dulce
su boca de miel de abejas
y las manos como dos
guillotinadoras negras.

Con Marcos Fidel Chávez se patentiza en América un nuevo tipo de poesía. Ya no es el negro el que sirve de encuadre a sus poemas. Los que son negros son los versos. Negros, porque Marcos Fidel, de la raza del carbón, entiende que la labor del negro que poemiza es hacer un trabajo donde deje fuera la figura del negro y se plasme, en subidos matices, el dolor de éste, el dolor de vivir.

Luis Helio Rubio Sandoval, santanderino, es otro de los que han contribuido a la poesía negra colombiana. Él se adhiere a la veta que camina por la soledad, la tristura, la desazón negra. No ríe. Habla de crueldades.

La voz nueva de Colombia es la del estudiante de antropología Alfredo Vanín Romero, de Popayán. Ha sido presentado al ruedo por Helcías Martán Góngora. Escritor que cultiva el cuento, ahonda, además, en los misterios poéticos. Sus estrofas calan en la tradición dolorosa del negro.

Mientras la poesía negra ha ido languideciendo en muchos lugares de Latinoamérica, Colombia, como una de sus mejores tradiciones, la mantiene en esencia y cariño. Y ha formado, en el día de hoy, una escuela.

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