Ciudad Puntera. (Fragmento de novela). Por Juan Pablo Plata.
Por Juan Pablo Plata.
La ciudad quedó sin energía por décima vez, porque la transición energética se estaba dando mal en demasiados lugares del planeta. Pero, para los fines de esta historia, contaremos cómo se dieron las cosas en Puntera.
Jacobo Silverado fue a poner gasolina para su carro en la estación de La Giralda y se encontró con una fila que le recordó el cuento «El Sur», de Julio Cortázar. Todos conversaban fuera de sus autos para matar el tiempo. Se presentía que en algún momento alguien diría que hasta dentro de ocho días no volvería a llegar el diésel ni las gasolinas regular y premium.
Jacobo hizo su espera leyendo la novela Vineland, de Thomas Pynchon, sin bajarse del vehículo, pero apagando el motor, pues de eso se trataba en estos tiempos: de ahorrar energía, gasolina y dinero. Siempre había sido así, pero las cosas se iban tornando más extremas.
Muchos oficios desaparecidos por la automatización y la fabricación en serie —e importación de insumos foráneos, sobre todo chinos— reaparecieron. Las personas volvieron a fabricar sus enseres domésticos, sillas, mesas, papel reciclado, ropa para vestir, y pronto todo lo despreciado y no reutilizado de repente era susceptible de un nuevo uso o servía para arreglar un artefacto.
Jacobo había pensado alguna vez que una manera de percibir la riqueza de alguien era por medio de la suma de sus objetos importados o de los de buena marca. También había ido agotando esa idea al ver que la riqueza, ahora, en estos tiempos difíciles, se podía estimar mejor en recursos naturales: en la cantidad de alimentos, textiles, metales, tierras raras y tierras que alguien tuviera a la mano.
Alicia Caldera le había insuflado a Jacobo todas estas ideas a contracorriente, que ahora se probaban como temerosas advertencias de lo que ya estaba ocurriendo. Alicia le había rogado comenzar a guardar las semillas orgánicas de todos los alimentos y vegetales posibles. Después le había hecho comprar paneles solares y muchos repuestos para ellos, para que hubiera energía eléctrica de esa fuente en casa. Otras peticiones incluían colectores de agua y cualquier pastilla o filtro para esa agua recolectada. Los molinos, hachas de leña y las herramientas metálicas componían objetos muy necesarios, ahora que muchas cosas habían vuelto a hacerse de una en una y, la mayoría de las veces, por un solo ser humano.
Las imprentas de letras de molde, la frases hechas o premoldeadas por su uso repetido, componían un arsenal metálico para escribir, hacer pasquines, cartelismo y hasta publicidad barata apoyada, o dígase, fijada, por engrudo de yuca. Ahora que muchas cosas habían vuelto a hacerse de una en una, y de manera artesanal no industrial.
Montalvo Araz carecía de alegría cuando las cosas se fueron a pique, su mujer lo había dejado de manera definitiva por Jacobo Silverado, y si seguía a flote era por obra y gracia de dilapidar toda una colección de impresos y antiguedades y joyería arduamente acumulada por las tres pasadas generaciones de su familia del ala paterna. Su única alegría y verdadera alegría era vender un mapa del geógrafo Americo Vespucci o un cuadro de Wiedmann para gastarlo en poco tiempo.









