lunes, 24 de abril de 2017

Repaso a cinco novelas que tratan el clasismo, la estratificación social y la ley es para los de ruana en Colombia.

Por Juan Pablo Plata.

En un listado e infografía sobre sesenta (60) novelas arraigadas en Bogotá hecho en agosto de 2016 por el periodista y escritor Andrés Ospina el hijo de Billy Pontoni, cantante popular por excelencia muy oído en el sur. El mismo sur de la capital colombiana menospreciado de donde salió el novelista Sergio Álvarez autor de La lectorapara el diario El Tiempo se excluyeron novelas como Ciudad Bolívar: la hoguera de la ilusiones de Arturo Álape, El último cartucho de Guillermo Bustamante y El demoledor de Babel de Larry Mejía, entre muchas más obras situadas en el sur de la ciudad como hizo notar en una breve enumeración y queja el escritor Daniel Ferreira. La exclusión señalada por Ferreira puede parecer inofensiva y obrada por la falta de lecturas, investigación y la sencilla escogencia dentro de lo canónico; asentado ya en el mercado literario. Pero puede haber algo más de fondo. ¿Por qué no hubo una novela de Usme, Bosa, Ciudad Bolívar o del escritor Daniel Ángel o Las Filigranas de Perder en un listado tan vasto?

Coprófago paradise
Juan Nicolás Donoso
44. Salón Nacional de Artistas. 
Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Pereira.
Toquica. Caín Press. 2016.

El paraíso de los comemierda se pudo llamar este libro, pero seguro ya eran demasiadas palabras para definir a Bogotá o para ponerlas en un título. Fue la novela editada en 2016 por el Ministerio de Cultura de Colombia y los organizadores del cuadragésimo cuarto Salón Nacional de Artistas celebrado en Pereira, Risaralda. La novela contiene una historiografía de la música electrónica y música en general que mezcla a ratos el ensayo con el curso de la narración donde se describen los sueños perdidos de unos muchachos aculturados que quisieron ser estrellas de la música mientras se hacían adultos y echaban a la borda sus mejores relaciones humanas, en medio del consumo de las más variadas formas de bebidas,  drogas naturales, de diseño y fármacos. El autor revela la vida de un grupo de jóvenes de diversos estratos sociales (Norteños y sureños), pero a pesar de sus diferencias terminan unidos para pasar el ocio y dejar de vivir en el aislamiento impuesto por estos mismos estratos y el clasismo para darse cuenta que no son más que humanos con diferencias mucho más valiosas que las establecidas por la economía y las oportunidades aprovechas o nunca halladas de hacer dinero. Al lector foráneo aprovecho para contarle que en Colombia se crearon los estratos socioeconómicos con la buena intención de cobrar y subsidiar los servicios públicos (Agua, energía, recolección de basura, etc.) de acuerdo a las capacidades de los usuarios y lograr a su vez una universalización de estos servicios en los espacios rurales y urbanos. Pero la estratificación no sólo ha traído resultados convenientes, también ha servido para la segregación social y la creación de estereotipos sobre las personas de los estratos: 1.Bajo bajo. 2.Bajo. 3. Medio bajo. 4. Medio. 5. Medio alto. 6. Alto. Es una tendencia que las clases trabajadoras, las personas con menos dinero vivan al sur y en la periferia en las ciudades colombianas y latinoamericanas.

La casa  de la belleza
Melba Escobar de Nogales
Emecé, 2015.

Tenemos a una escritora sin tapujos o complejos en su prosa y en el trato con sus personajes, pues estos suenan latinoamericanos, esenciales y hermosos, en vez de estandarizados por un lenguaje llano y transversal para que los párrafos suenen más neutros y cómodos para lectores extranjeros, digamos, como ocurre en las novelas televisivas, sin los giros del idioma español propios de las regiones colombianas (Acento y jergas de Cartagena de Indias, Bogotá; el Parlache). Esta decisión por un tipo de registro local en la narración y en los diálogos le sirve a Melba para indicar el clasismo y discriminación en la sociedad colombiana gracias a la grandísima desigualdad económica del país en toda su historia republicana y a una suerte de dejo colonialista en que el color de la piel, la región y el estrato social definen desgraciadamente las oportunidades de movilidad social, el rigor o la laxitud con que se es tratado ante la justicia gubernamental y, lo que es peor, el grado de respeto y subordinación de una persona afrodescendiente, mestiza o india ante las personas que tienen más dinero o un fenotipo o apellido foráneos. 

Caviativá
Mauricio Loza
Arango Editores.

En esta novela merece ya una reedición y su autor la publicación de sus obras inéditas que incluyen una novela, Gas guru, sobre la secta Aum Shinrikyō y una traducción de la Trilogía Illuminati de Robert Shea y Anton Wilson. Si la traigo a colación ahora es porque en esta novela hay un personaje que es el familiar de un senador del Congreso de la República de Colombia quien queda impune después atropellar a unas personas en la Avenida Chile, Calle 72, de Bogotá gracias a sus conexiones con el poder estatal y su capacidad económica. Lo que quiere decir que si estos mismos hechos referidos en la ficción le pasaran a un personaje sin medios económicos o contactos clave con el poder, la condena y castigo por el accidente no se habrían hecho esperar en su peor versión y cumplimiento sin rebajas. 

Juego de niños
Guido Tamayo
Random House Mondadori.

Un niño es adoptado por una familia con mayores capacidades económicas que su madre natural. Los contrastes de clase social y el apaciguado surgimiento de la conciencia de adultos entre los niños hace de esta novela un raro y suntuoso atisbo a los primeros años de la vida de los humanos.

Upejota y macana
Juan Andrés Leguízamo Manzanares.
Psique.


Libro de cuentos a la vez que novela en que personajes bogotanos del norte y del sur se encuentran en los calabozos de las denominadas UPJ (Unidad Permanente de Justicia) y en las calles a desvariar, pasar las horas y reconocer en la prohibición la trampa hecha y en el castigo la ley. Se percibe en este y en los anteriores cuatros libros como si la ley en Colombia estuviera hecha para que fuera cumplida en los estratos socioeconómicos inferiores, por allá en el sur de las ciudades y los departamentos del sur y en la periferia del país donde oyen con impudicia a Billy Pontoni, la nueva ola, el Charrito Negro y Uriel Henao, entre otros, mientras otros listan la realidad sin mucho tino e inclusión sobre las novelas clave de la capital de un país andino.

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sábado, 8 de febrero de 2014

Reseña: Ximénez (Novela) de Andrés Ospina


Ximénez
Andrés Ospina. (Alias El Criminal)
Laguna Libros (2013)
Por Juan Pablo Plata
Andrés Ospina es un enfermo del pasado. Ama lo antiguo. Es un escritor que preferiría haber vivido en otra época. Por ejemplo, entre las décadas de 1930 y 1940 entre las que acontece su impecable primera novela.
En Ximénez algunos fragmentos cumplen el doble fin de detallar al protagonista, José Joaquín Jiménez García, periodista y poeta colombiano estrafalario-quien literalmente dio su vida por el oficio de reportero-, y de servir de declaración de principios o autoficción por parte de Ospina: aunado con Ximénez en sus pesares sobre el patrimonio cultural colombiano, además del gusto arrollador por lo viejo y por Bogotá:
“A José Joaquín le dolía ver la vetustez de su tierra, derrotada de a pocos por la maceta y el cincel, herramientas predilectas de una modernidad a medias, ejerciendo su acción maligna por sobre toda Bogotá.”
“Les reiteró, con calculada ingenuidad, su deseo de convertirse en escritor. Añadió que, por alguna razón que él mismo no había alcanzado aún a determinar, Bogotá era una de sus obsesiones.”
Ospina creó el Museo Vintage, recopiló el Bogotálogo, diccionario con términos propios del habla local capitalina y ha escrito y todavía escribe como lo hizo Ximénez acerca del presente, futuro y pasado colombiano y bogotano cada vez que puede. Entre sus publicaciones previas está Bogotá Retroactiva y una versión bellísima sobre la leyenda llanera El Silbón ilustrada por Typozon.
De regreso a la novela, tenemos que la recreación de la atmósfera de las primeras décadas del siglo pasado en que vivió Ximénez se da por medio de los nombres de productos y objetos de consumo, palabras hoy en desuso, lugares y personajes del periodismo y la literatura colombiana como Enrique Santos Montejo, alias Calibán; un anacrónico Marco Fidel Suárez, Germán Arciniegas, Felipe González Toledo y Miguel Ángel Osorio Benítez, alias Maín Ximénez o Porfirio Barba Jacob. La coincidencia entre los seudónimos del protagonista de la novela y Miguel no sé queda ahí. Pues tanto Ximénez como Porfirio cometieron poesías- con más suerte el segundo- y dieron rienda suelta a la invención de noticias falsas o híbridas entre la realidad y la ficción con las que aumentaron las ventas de los diarios para los cuales escribían.
Detrás de la que definí como la mejor novela publicada en Colombia en 2013 en revista Corónica hay una vasta investigación, pero sobre todo una imaginación portentosa que abarrota el pasado con los agios no disponibles en bibliotecas, archivos de familia y testimonios recopilados de los descendientes de las personas que trataron a Ximénez al menos por un instante y son personajes de la novela. Andrés Ospina hace lo que Ximénez y Porfirio hicieron en su tiempo cuando lo factual no rendía más y el viaje de la ficción ensanchaba el relato.
Más allá de la historia de un hombre, la novela nos trae del pasado el germen del mejor periodismo actual colombiano, las vivencias de los amores restringidos por la pacatería de hace décadas y el nefasto clasismo del que aún no nos deshacemos.



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