lunes, 12 de junio de 2017

Sobre el periodismo (Columnas) de opinión en Colombia y en el resto del mundo. Por Rafael Baena en su novela póstuma Memoria de derrotas


De entrada reconoce que la oportunidad de contar con un espacio fijo en uno de los periódicos más importantes del país generaría envidia en la mayoría de las personas que conoce, pero debe declinar una oferta que en principio podría parecer generosa porque asumir el papel de columnista de prensa exasperaría su sentido del ridículo. Se siente incapaz de sumarse al grupo de los llamados líderes de opinión, la mayoría de ellos tan parecidos entre sí con sus hay que, se debe, sería mejor, es urgente tomar medidas, flaco favor le hace al país, no es posible, la única salida es, es necesario que, Señor presidente, usted tendría que y todas las fórmulas que integran el recetario del columnista típico. Con contadas excepciones, y sin importar la parcela ideológica a la cual pertenezcan, cada uno de ellos se convierte en un presumido opinador de oficio que se considera importante y con suficiente autoridad moral para dejar sentada su posición, aunque a la postre se muestre tanto o más despistado que los lectores.

Sin desconocer que son necesarios para la democracia, y que cumplen un papel sustancial a la hora de defender el principio de libertada de opinión, él mismo no se cree capaz de convertirse en una de las excepciones a la regla. Como no cuenta con el respaldo de un equipo de investigación que lo ayude a escribir cada semana un texto revelador y que realmente aporte algo al sainete nacional, cree que terminaría adocenado, convertido en un escribidor de obviedades, de variaciones alrededor de los mismo temas reciclados impune e impúdicamente. Buscaría entonces el tipo de  tema que conduce al callejón sin salida de la inanidad, intentando de meterle algo de humor al asunto, pero como él sería incapaz de reírse de algo o alguien que no sea él mismo, terminaría diciendo pendejadas a partir del examen periódico de su ombligo. Ni de fundas.

Una vez consciente de sus limitaciones, aún le queda el recurso de adoptar una personalidad, de interpretar el papel de hombre consciente. Mire qué culto socio, y cuán perspicaz e inteligente, y lo bien que escribo a partir de mi vasta experiencia, queridos y fieles lectores que también pueden encontrarme en Twitter y Facebook, porque también sé marchar con los tiempos y la tecnología no me cohíbe. Citaría a Lampedusa, claro, y aquello de que todo cambie para que nada cambie, aunque en su caso él sí leyó la novela y no la citaría de oídas. O quizá podría ser el tipo sensible, el que se duele de los pobres y ninguneados del país, el que no soporta la inequidad y dedica una columna a diferenciarla de iniquidad.


Pero igual terminaría participando en públicos y colectivos linchamientos, opinando sobre juicios aún no fallados o arremetiendo contra el alcalde aquejado de parálisis ególatra, el procurador que no procura, el juez venal, el congresista aliado con los asesinos, el expresidente que aún preside porque  deriva buena parte de su prestigio justamente de la  antipatía que generan entre el lector de a pie los columnistas que creyéndose intérpretes de la furia colectiva le caen en gavilla. Un papel que sin duda no es el suyo.

Etiquetas: , , , , ,

sábado, 27 de mayo de 2017

Rafael Baena sobre el periodismo colombiano en su libro póstumo Memoria de derrotas.

Fragmento de Rafael Baena sobre el periodismo colombiano en su libro póstumo Memoria de derrotas.(Pgs 138-140)

Basado en informaciones de Clara y otros amigos reporteros, continuó su discurso antimedios y habló del reclutamiento de pasantes en trance de grado. A la postre contratados como reporteros unos pocos, luego son desechados con pasmosa rapidez, convertidos en bagazo por los dientes del trapiche. Los que sobreviven al tratamiento se convierten en bestias de carga en las redacciones y llevan vidas opacas, apenas iluminadas por tubos de neón, encerrados en cubículos, alejados de las calles y los campos donde vibra la vida, traidores de una profesión cuya esencia consiste en la constatación de primera mano, la indagación in situ, la investigación. (…)

Con Liliana de vuelta en su casa y ya a solas, Marcelo no pudo dejar de pensar en la forma en que opera la prensa: una vez ocupadas las salas de redacción con personas que al depender de un salario tienen anulada la voluntad, o que no se dan cuenta de la realidad, o que simplemente sufren de pereza mental, sólo resta poner al frente de esa masa adocenada a individuos dispuestos a defender el statu quo, convencidos de sus bondades porque desde la cuna han heredado privilegios o porque se los han ganado al ponerse a su servicio yendo más allá del deber ser, esto es, por ser lambones hasta los tuétanos, lameculos integrales cuya prioridad en la vida es recibir aceptación por parte de la élite. Obsecuente con el patrón, el director típico de medio es un tirano con sus subalternos, en el sentido de que, a las buenas o a las malas, hace respetar las reglas del juego impuestas desde arriba, desde la junta de administración que traza metas económicas y diseña políticas editoriales, dejando para las discusiones académicas temas como objetividad, equilibrio informativo y contexto noticioso. Por lo general a estos individuos se les asignan sueldos estratosféricos que garantizan su fidelidad a la empresa, aunque cuando ofician de capataces dan lecciones de ética periodística, cofunden la libertad de expresión con libertad de empresa y al mismo tiempo macartizan a quienes osan atravesarse en el camino de lo que ellos y sus patronos consideran el bien común, el progreso, el desarrollo económico del país. Esnobs recién llegados a integrarse a la clase dominante, les permiten codearse con la flor y nata en los clubes de la alta sociedad y les venden lotes en condominios vacacionales para que sientan que ha llegado a la cúspide. Les sonríen, les dan órdenes disfrazadas de sugerencias, y aunque en secreto los desprecian por serviles y arribistas, los toleran porque son lacayos supremamente fieles y útiles, porque al abordar los problemas del país agarran el rábano por las hojas, buscan el muerto aguas arriba, ignoran las lecciones de la historia y se limpian el culo con las ciencias sociales al convertir en noticia lo que no es noticia para distraer y confundir a los ciudadanos, de modo que estos no vean por dónde le entra el agua al coco. No le extrañaría si un día de estos alguna investigación seria revelara que el mayor problema de Colombia está en sus medios de comunicación.

A estas alturas de su diatriba interior pensó que quizás estaba afectado por el síndrome renegón de Fernando Vallejo, y probablemente así era, pero se dijo, que en ocasiones, cuando se busca aclarar las ideas, es necesario un cierto grado de arbitrariedad que permita plantear las cosas en alto contraste. Por eso creyó obligatorio matizar y reconocer que si bien los medios de comunicación, especialmente los electrónicos, han tenido atontado y distraído al público a fuerza de golpearlo con noticias que en realidad son cortinas de humo, buena parte de los horrores de todo tipo que los colombianos saben fueron dados a conocer por los periodistas. Podrían rescatarse trabajos muy valiosos del montón de morralla con que bombardean a la gente, pero si se elabora una lista de los reporteros e investigadores que han destapado iniquidades de escándalo, o una con los que nunca se han dejado pervertir por los relativos privilegios que acarrea la profesión, sería muy larga e injusta debido a las inevitables omisiones.


Trailer del libro Memoria de derrotas.




Etiquetas: , , , , , , , , ,

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Lecturas mal digeridas por jóvenes y escritores.



Por Juan Pablo Plata.

Porque lo vi en escritores, poetas, cenáculos, tertulias y en universidades con facultades de literatura y / o creación literaria, entre otros, puedo decir que la Generación Beat y el malditismo mal digeridos, por ejemplo, han hecho mucho daño a muchos literatos en ciernes o ya viejos o mejor, y en aras de la verdad, estos mismos y no las obras, se han hecho daño por entender mal lo que tan claro está en las vidas y obras de los íconos a quienes nunca podrán alcanzar, por no entender como las polillas ante un foco que lo que encandila y atrae muchas veces quema y acaba. Este fenómeno lo he podido constatar en el hemisferio occidental, en Latinoamérica y Estados Unidos. Así que no sé cómo sean las cosas en otros lados.

Para desglosar lo anterior, pongamos el caso de un(a) señor(a) de cincuenta años y un(a) muchacho(a) de diecinueve, que al fin y al cabo, son el mismo, pero que, tal vez, tienen mínimas diferencias en la cantidad de años, lecturas y experiencia.
Este señor y muchacha son ávidos lectores de Charles Bukowski, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Rafael Chaparro Madiedo, Andrés Caicedo, Jack Kerouac, Efraim Medina Reyes, Allen Ginsberg, los Nadaístas, Raúl Gómez Jattin, Porfirio Barba Jacob, el poeta peruano Luis Hernández, Rodolfo Fogwill, etc. En fin. Con esta breve enumeración se puede hacer una idea el lector de la entrada.

Ahora, las vidas de estos autores y en algunas ocasiones sus obras literarias o viceversa, llevan bohemia, rebeldía manceba y otra con causas justas, además de la ingesta inconmensurable de alcohol y el consumo de drogas. Sus obras y existencias son alicientes para escritores jóvenes y eso estaría bien por sí solo, pero pasa que estos escritores de diecinueve pueden llegar a cincuenta con el mismo Olimpo personal de autores y con la frustración de haber perseguido una carrera literaria por medios equivocados: queriendo emular las vidas y obras de otros escribiendo inspirados por la estimulación alcohólica, drogadicta y una bohemia calcada de lo que fueron las vidas y obras de los íconos como los citados. La equivocación está en el método y el resultado, pues ya no habrá otra Bogotá igual a la de 1980 – 1990 en la que se basó Rafael Chaparro Madiedo para Opio en las nubes, ni tampoco habrá otra Cali como la de Andrés Caicedo en ¡Qué viva la música! o la París de Charles Baudelaire en sus Flores del mal ni otros Estados Unidos tan alegres e inveterados, resueltos, llenos de Blues, de BeBop-Jazz y amantes de la vida vagabunda y de las personas con sustancia como Dean Moriarty, como en la novela En el camino de Jack Kerouac.

Y no es que no se deba leer y estudiar a estos autores. Al contrario. En ninguna línea sugiero semejante prescripción. Lo que sí deben hacer los escritores-lectores de estos decadentes, malditos, Nadaístas y Beats, es vivir y narrar con distancia y con cuanta originalidad puedan frente a estos íconos y movimientos que les son tan queridos: narrar y hacer la fiesta de los años que tienen en frente sin repetir la plana mejor hecha por otros.
Sirvan acá un par de versos descontextualizados de la canción Nuestro sueño del grupo Niche: Sé que sigo siendo primero, único y verdadero. Y es que nunca te fallé, nunca te fallé.

Por ejemplo: Charles Bukowski y su popular alter ego Henry Charles Chinaski ya hubo y otros no habrá.
No le falles a tus íconos joven escritor: Puedes hacerlo mejor y distinto. Ese sería el mejor homenaje para ellos.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,